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25 de mayo de 2008


"Marina", de Carlos Ruiz Zafón

Amor, misterio y locura en un escenario gótico, los barrios viejos de Barcelona. Una fantástica novela con elementos de terror y algunos toques de dulzura. Ruiz Zafón es un genio. Sin embargo en esta novela, las dos historias que se entrecruzan no terminan de acoplarse bien, perfectamente podrían haber formado dos historias separadas, una de terror, otra de amor...

Aquí os dejo unos pasajes:

Todos tenemos un secreto encerrado con llave en el ático del alma. Este es el mío

[...]

La Velo Granell fabricaba artículos de ortopedia y prótesis médicas. El conflicto de Marruecos y la Gran Guerra en Europa habían creado un enorme mercado para estos productos. Legiones de hombres destrozados a mayor gloria de banqueros, cancilleres, generales, agentes de bolsa y otros padres de la patria habían quedado mutilados y destrozados de por vida en nombre de la libertad, la democracia, el imperio, la raza o la bandera.

[...]

El tiempo hace con el cuerpo lo que la estupidez hace con el alma –dijo, señalándose a sí mismo-. Lo pudre.

[...]

El circo fue mi escuela y el hogar donde crecí. Ya por entonces sabíamos, sin embargo, que estaba condenado. La realidad del mundo empezaba a ser más grotesca que las pantomimas de los payasos y los osos danzarines. Pronto, nadie nos necesitaría. El siglo XX se había convertido en el gran circo de la historia.

[...]

Aquella noche Mijail me contó que él creía que la vida nos concede a cada uno de nosotros unos escasos momentos de pura felicidad. A veces son sólo días o semanas. A veces, años. Todo depende de nuestra fortuna. El recuerdo de esos momentos nos acompaña para siempre y se transforma en un país de la memoria al que tratamos de regresar durante el resto de nuestra vida sin conseguirlo. Para mí esos instantes estarán siempre enterrados en aquella primera noche, paseando por la ciudad...

[...]

-Esto es lo que hace la naturaleza con sus hijos. No hay mal en el corazón de los hombres, sino una simple lucha por sobrevivir a lo inevitable. No hay más demonio que la madre naturaleza... Mi trabajo, todo mi esfuerzo, no es más que un intento por burlar el gran sacrilegio de la creación...

[...]

-La mujer que has visto esta noche murió hace seis semanas bajo las ruedas de un tranvía. Saltó para salvar a un niño que jugaba en las vías y no pudo evitar el impacto. Las ruedas le segaron los brazos a la altura del codo. Murió en la calle. Nadie sabe su nombre. Nadie la reclamó. Hay docenas como ella. Cada día...

-Mijail, no lo comprendes... Tú no puedes hacer el trabajo de Dios...

Me acarició la frente y me sonrió tristemente, asintiendo.

-Buenas noches -dijo.

Se dirigió a la puerta y se detuvo antes de salir.

-Si mañana no estás aquí -dijo, lo comprenderé.

Dos semanas más tarde, nos casamos en la catedral de Barcelona.

[...]

Joan Shelley, según me confesó más tarde, temía por su salud y por su cordura. Le conocía mejor que nadie y desde el principio le había asistido en sus experimentos. Fue él quien me habló claramente de la obsesión de Mijail por las enfermedades degenerativas, de su desesperado intento por encontrar los mecanismos con los que la naturaleza deformaba y atrofiaba los cuerpos. Siempre vio en ellos una fuerza, un orden y una voluntad más allá de toda razón. A sus ojos, la naturaleza era una bestia que devoraba a sus propias criaturas, sin importarle el destino y la suerte de los seres que albergaba. Coleccionaba fotografías de extraños casos de atrofia y de fenómenos médicos. En aquellos seres humanos, esperaba encontrar su respuesta: cómo engañar a sus demonios.

[...]

Andrej murió a los siete años sin haber salido jamás de las alcantarillas. Cuando su gemelo falleció, su cuerpo fue entregado a las corrientes subterráneas siguiendo el ritual de las gentes de los túneles. Mijail preguntó a su madre por qué había sucedido algo así.

-Es la voluntad de Dios, Mijail -le respondió su madre.

Mijail nunca olvidaría aquellas palabras. La muerte del pequeño Andrej fue un golpe que su madre no llegó a superar. Durante el invierno siguiente, enfermó de neumonía. Mijail estuvo a su lado hasta el último momento, sosteniendo su mano temblorosa. Tenía veintiséis años y el rostro de una anciana.

-¿Es ésta la voluntad de Dios, madre? preguntó Mijail a un cuerpo sin vida.

Nunca obtuvo respuesta.

[...]

-¿Qué es eso?

-Sirve para escuchar lo que dicen tus pulmones... Respira hondo.

-¿Es usted un mago? -Preguntó Mijail, atónito.

El doctor sonrió.

-No, no soy un mago. Sólo soy un médico.

-¿Cuál es la diferencia?

[...]

-Ya me has dado diez años de compañía, Mijail -le dijo. Ahora debes pensar en ti. En tu futuro.

-No le voy a dejar morir, padre.

-Mijail, ¿te acuerdas de aquel día, cuando me preguntaste cuál era la diferencia entre un médico y un mago? Pues bien, Mijail, no hay magia. Nuestro cuerpo empieza a destruirse desde que nace. Somos frágiles. Criaturas pasajeras. Cuanto queda de nosotros son nuestras acciones, el bien o el mal que hacemos a nuestros semejantes. ¿Comprendes lo que quiero decirte, Mijail?

Diez días más tarde, la policía encontró a Mijail cubierto de sangre, llorando junto al cadáver del hombre al que había aprendido a llamar padre. Los vecinos habían alertado a las autoridades al sentir un extraño olor y al escuchar los aullidos del joven. El informe policial concluyó que Mijail, perturbado por la muerte del doctor, le había diseccionado y había tratado de reconstruir su corazón utilizando un mecanismo de válvulas y engranajes.


18 de mayo de 2008


Julio Llamazares: resistencia y soledad

“La lluvia amarilla” y “Luna de lobos”, de Julio Llamazares, son dos obras imprescindibles de la narrativa española contemporánea... Y no creo que sea sólo a mi entender, que ya sabéis que en cuanto a gustos estéticos soy un poco “rarito” (no me gusta todo “lo bueno” y me encantan algunas piezas de “lo malo”).

Para mí una novela es buena cuando logra despertar ciertas emociones en el lector: la risa (J.K.Toole), el llanto, la ansiedad... O cuando el lector logra identificarse con alguno de los personajes (London, Houllebecq, Ortuño), señal de que el autor ha captado perfectamente los caracteres de algún tipo social (puede que el suyo mismo)... O cuando el autor describe la compleja interioridad de esos personajes (Dostoievski, Mishima, Auster). En fin, hay muchas características por las cuales una novela puede ser considerada buena y para mí la forma quizá no sea tan importante como el fondo: hace años comparábamos un conocido y yo dos obras bien distintas, “El talón de hierro” (de Jack London) con “El gatopardo” (Lampedusa); mi conocido decía que no había comparación posible, que Lampedusa hacía literatura mientras que London hacía periodismo-ficción. Al menos logró que me interesara por la obra, hasta que al final cayó en mis manos... Vaya trago, me costó leerla y eso que parecía interesante (la decadencia de la aristocracia italiana con el advenimiento de la burguesía, creo recordar), lo que ocurre es que el tema de la aristocracia jamás me ha llamado la atención... Bueno, jamás, jamás... Quizá desde que me volví republicano... Aunque antes de ayer vi “Vatel”, con Depardieu y Uma Thurman (recordemos a los Petersellers), que trata sobre la corte de Luis XIV, y me pareció una estupenda película. En cambio, “El talón de hierro” habla sobre la revolución proletaria (y mira que soy escéptico), es el Manifiesto Comunista novelado, y por tanto me parecía un tema más interesante, quizá porque me queda más cercano, porque puedo identificarme más con sus personajes, no sé.

En fin, que la literatura es una cuestión de gustos y una cuestión de gustos escritos.

Pero Llamazares... Vale, no creo que sea apto para el gran público, acostumbrado a las intrigas de la CIA, KGB, Opus, templarios y masones. Pero ha de gustarle a cualquiera que tenga un mínimo gusto literario más allá de los bestsellers (y más allá no significa que no le puedan gustar estos; soy fan de “La sombra del viento”).

Llamazares es forma literaria de calidad unida a un fondo temático frente al cual no se puede permanecer impasible. “La lluvia amarilla” habla sobre la despoblación de las zonas rurales. Sólo alguien que no haya salido en su vida de la gran ciudad, alguien que no haya respirado los aromas de los pueblos, esa mezcla de flores, leña y excrementos de ganado, puede ser indiferente. Pero especialmente para los que procedemos de familias rurales, para los que hemos vivido y seguimos viviendo la transformación (no ya declive) de nuestro pueblo, “La lluvia amarilla” nos moja por dentro, lo sentimos.

"La lluvia amarilla" posee un lenguaje complejo y bastante recargado, abundando en símiles y metáforas. Me costó unas 30 páginas adaptarme al ritmo, un ritmo poético bajo la forma de prosa. Esta novela podría dividirse formalmente en dos partes: la presentación, larga presentación, con una forma rítmica y visual más cuidada, y el desarrollo de la acción, centrado más en los contenidos y en las emociones que despierta en el lector. El desenlace es lo de menos, pues forma parte de la presentación:

“[...] Porque cuando el primero de ellos comience a subir las escaleras, todos sabrán ya seguramente lo que, aquí, les esperaba desde hacía mucho tiempo. Un frío repentino e inexplicable se lo anticipará. Un ruido de alas negras batirá las paredes advirtiéndoselo. Por eso nadie gritará aterrado. Por eso, nadie iniciará el gesto de la cruz o el de la repugnancia cuando, tras esa puerta, las linternas me descubran al fin encima de la cama, vestido todavía, mirándoles de frente, devorado por el musgo y por los pájaros.”

Nunca en mi vida se me habían saltado tanto las lágrimas con una historia como con ésta, y da igual que fuera leyéndola en el metro, que por la calle, que en mi casa tranquilamente: llega un párrafo que pilla con la guardia baja a tus emociones y la gente te mira extrañada, sin atreverse a preguntar.

“Luna de lobos” es menos emotiva, pero no menos densa y agobiante, pues trata sobre un grupo de republicanos resistentes en la Guerra Civil, en las montañas de León, y su posterior conversión en maquis. Posee un lenguaje poético que abunda en símiles, aunque no tanto como en “La lluvia amarilla”, y que crea una auténtica atmósfera de pesadumbre, logra transmitir las experiencias del personaje al lector, de manera que es casi el mismo lector el que las estuviera experimentando:

“Sólo Martina me ha reconocido. Sólo ella ha sabido descubrir entre la sombras de los chopos al hombre que hace ahora diez años bailaba en este mismo prado abrazado a su cintura. Aquel hombre que llegó un día al pueblo de maestro, que le habló de amor y de hijos, y al que el oscuro torbellino de la guerra alejó para siempre de su vida.

Se ha quedado un instante mirándome, inmóvil, con los ojos ardiendo en los míos.

Después, sin que nadie lo note, ha seguido bailando, en silencio, abrazada con fuerza al marido.

Hasta las fuentes de Peña Negra la música del acordeón me ha perseguido.

Hasta las fuentes de Peña Negra los ojos de Martina han seguido ardiendo en los míos”.

Ambas novelas tratan de la resistencia y del apego a la tierra de los padres, a la tierra en que crecieron los personajes. En “La lluvia amarilla” Andrés es el último habitante de un pueblo condenado a desaparecer; pero lucha por permanecer en él... Hasta que muere su mujer (también en la presentación, no estoy destripando el argumento) y se convierte en una lucha solitaria. Lo mismo le ocurre a Ángel, el protagonista de “Luna de lobos”; debido a la represión que sufren por parte de la Guardia Civil, cada vez encuentra menos apoyos en las gentes del pueblo e incluso entre su familia.

Esta resistencia (quizá, en última instancia, toda resistencia) va acompañada, pues, de soledad. Quizá la soledad sea una nota intrínseca de la resistencia, pues uno resiste mientras los demás han sido vencidos... O convencidos... Convencidos por las promesas de una vida mejor en zonas menos montañosas, convencidos por las mentiras de la propaganda de un sistema fascista, vencidos por las armas de ese mismo sistema, vencidos por el hambre y por el frío, por los crueles inviernos de las montañas.

La soledad. Y el olvido que ella conlleva. Podemos pensar que aunque nos encontremos solos en algún lugar perdido, incluso solos en medio de gentes desconocidas, alguien nos está esperando, alguien se acuerda de nosotros. Pero es un recuerdo con fecha de caducidad. El paso del tiempo termina corroyendo esos recuerdos, como se corroen las fotografías, tomando un color amarillo. El paso del tiempo nos trae el otoño y, con él, una lluvia amarilla de hojas muertas. El olvido y la muerte son de color amarillo.

El dolor, sin embargo, es más intenso cuanto más impermeable sea el resistente a esa lluvia amarilla... Aunque también puede que uno resista porque, precisamente, es incapaz de olvidar. La resistencia, entonces, va acompañada de un gran dolor.

Resistencia, soledad, dolor... Y locura.

En “Luna de lobos” Ángel no llega a volverse loco, aunque hace algunas reflexiones al respecto (“un corazón solo, en medio de la noche, es una tormenta”). Pero en “La lluvia amarilla” las imágenes más bellas y surrealistas son las que Andrés ve en sus estados de delirio:

“Recuerdo que pasé vagando por el pueblo, como en sueños, todo el día. Pese a su rotundidad, no acababa de creer lo que veía. Las tapias, los tejados, las ventanas y las puertas de las casas, todo a mi alrededor era amarillo. Amarillo como paja, amarillo como el aire de un tarde de tormenta o como el resplandor de los relámpagos en una pesadilla. Podía verlo, sentirlo, tocarlo con las manos, mancharme las retinas y los dedos igual que cuando niño, allá en la vieja escuela, jugaba con la tinta. Lo que creía una ilusión, una alucinación fugaz de mi mirada y de mi espíritu, era algo tan real como que yo todavía estaba vivo.”

La diferencia entre las dos obras, al margen de los contextos en que se sitúa la acción, es su resolución: mientras que “Luna de lobos” es dramática, dejando un final abierto tras el enfrentamiento, “La lluvia amarilla” es trágica, acaba con la locura y la muerte del héroe que resiste, del héroe que se enfrenta a lo inevitable. También es diferente la temporalidad que se maneja en las dos historias: lineal en “Luna de lobos”, con saltos hacia adelante y hacia atrás en “La lluvia amarilla”. No obstante, lo importante en las dos obras es, como decíamos, la reflexión sobre la resistencia, la soledad, el dolor y el olvido, una reflexión que se realiza a través de un lenguaje cargado de imágenes y de lírica.

En definitiva, dos obras que no podéis dejar de leer. Después, si queréis, os bajáis la adaptación cinematográfica de “Luna de lobos” (que no he visto). También sé que “La lluvia amarilla” se ha llevado al teatro hace poco, al menos en El Bierzo; no sé si llegará o habrá llegado aquí.


18 de abril de 2008


En la profunda zanja del olvido

Como un río encharcado de repente
el curso de mi vida se había detenido
y ahora
ante mí ya solo se extendía
el inmenso paisaje desolado de la muerte
y el otoño infinito
donde habitan los hombres y los árboles sin sangre
y la lluvia amarilla del olvido

(Variación formal sobre un párrafo de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares)

Solo hace falta un poco de voluntad y al cabo de las 30 hojas empiezas a coger el truquillo del lenguaje: es poesía escrita en forma de prosa.

Gracias, Olga.

24 de marzo de 2008


Cita literaria

"Yo había saltado desde el borde del acantilado y justo cuando estaba a punto de dar contra el fondo, ocurrió un hecho extraordinario: me enteré de que había gente que me quería. Que le quieran a uno de ese modo lo cambia todo. No disminuye el terror de la caída, pero te da una nueva perspectiva de lo que significa ese terror. Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad"

Paul Auster, El palacio de la luna

30 de enero de 2008


"El sacerdote y su amor", de Yukio MISHIMA

No podéis dejar de leer esto, es lo más maravilloso que he leído en los últimos tiempos. Los primeros párrafos pueden resultar tediosos, pero son indispensables para comprender el resto. Leedlo, hacedme caso.

Tendré que leer a Kawabata, que le dieron el nobel en lugar de dárselo a Mishima.


18 de abril de 2007


El Mercader de Venecia, drama y tragedia.

Hace algún tiempo estuve viendo en el cine “El mercader de Venecia”, y tanto me sorprendió que notuve más remedio que desempolvar un viejo tomo del tío William y rememorar las imágenes de la película al hilo de las palabras del libro, lo cual volvió a sorprenderme, ya que la cinta es una adaptación fidelísima al texto del autor. Y aquí es donde está el problema… O donde yo tengo un problema.

Sin querer hacer alarde de necedad, hará unos tres años, más o menos, que decidí leerme el Quijote y no pude soportarlo; así que siguiendo los consejos del propio Cervantes en la introducción, dejé de leerlo y ahora no ceso de criticarlo, pues me parece una obra de gracietas para niños que, sin embargo, no tiene ninguna gracia (al menos para mí) y que, además, engrosa con historias que no vienen a cuento, con vodeviles y enredos que se solucionan de la manera menos realista. Quizá todo esto fuera un producto del gusto de la época, pero en tal caso al yo encontrarme fuera de ella, no llego a comprenderlo o, mejor, no llego a sentirlo.

Algo parecido me ha pasado con “El mercader de Venecia”, una obra con tintes tragicómicos, quizá más trágicos que cómicos, aunque son estos y el carácter dramático los que terminan por prevalecer sobre la tragedia. Ahora bien, mientras que la tragedia es intemporal, aunque lleve varios siglos sepultada bajo el drama, la comedia no lo es: a nadie le hace gracia hoy, por ejemplo, que una mujer engañe a su amado bajo un disfraz de hombre, y eso que el transexualismo hoy es más fácil que antaño; no hace gracia porque no es verosímil. También sobra hoy la repetición de las acciones de los señores por parte de los criados, una repetición punto por punto, etc. Todo lo que digo no va contra Shakespeare, al fin y al cabo un hijo de su tiempo y de los gustos de entonces, sino contra la adaptación al cine que ha hecho Michael Radford, una adaptación, como decía, demasiado fiel al texto. Al menos para mí, que no había leído la obra antes de ver la película, ésta me mantuvo en tensión durante todo el tiempo, pero me decepcionó el final tan cómico. La adaptación podía haberse quedado en el drama o, yendo más allá y violando el texto, haber desempolvado la tragedia.

Lo trágico consiste en un conflicto normativo irresoluble cuyos casos particulares se saldan con la muerte (o también con la locura, según los griegos): el personaje trágico se encuentra comprometido con dos (o más) pautas de acción a seguir, las leyes de su ciudad y una promesa, por ejemplo; pero tales pautas entran en conflicto (imaginemos que la promesa es una venganza) razón por la cual optar por una de ellas supone incumplir la otra pauta, e incumplir esta otra pauta conlleva el castigo de la muerte o la locura: Antígona se debe a su familia y conforme a la ley no escrita ha de enterrar a su hermano, pero su hermano fue muerto por traidor y según las leyes de la ciudad su cuerpo ha de permanecer insepulto; aquel que viole el precepto será enterrado vivo; pues bien, a sabiendas de ello, Antígona le entierra y al final ella misma resulta enterrada viva. La tragedia no es sólo un género literario o teatral, sino una determinada estructura antropológica, estructura propia de sociedades o comunidades con un fuerte apego a las costumbres, por ejemplo la griega de aquellos tiempos, o la gitana, de la cual Lorca nos dejó precisamente dos tragedias: en “Bodas de sangre” los amantes se deben a sí mismos y al amor que hay entre ellos, pero también se deben a la familia y a sus pactos matrimoniales, cuya ruptura acarrearía terribles consecuencias; la novia lo rompe y todo acaba en un baño de sangre.

Ahora bien, en sociedades y comunidades más modernas, no tan apegadas a la costumbre, las normas están más relajadas, y lo están porque existe un número muchísimo mayor de ellas que en las antiguas y constantemente hemos de pasar de unas a otras, hemos de cambiar de roles, etc., lo cual puede resultar dramático, pero no trágico. A diferencia de la tragedia, pues, el drama (en tanto que estructura antropológica) consiste en la no resolución del caso particular del conflicto normativo; en el drama el personaje opta por una de las vías, sí, pero la otra siempre queda pendiente de cumplirse y dicho incumplimiento trae consecuencias morales (sin llegar a la locura ni al suicidio) o consecuencias sociales (sin llegar a la muerte). Como ejemplo de consecuencias morales de dicho incumplimiento tenemos “El mercader de Venecia”: el judío Shyloc jura venganza ante el cielo, pero si la cumple él mismo será ejecutado y sus posesiones pasarán a manos del Estado; Shyloc tira la toalla y además le obligan a convertirse al cristianismo. El conflicto se pseudo-resuelve a favor del Estado, pero el semblante con el que queda Al Pacino tras el juicio, nos habla de una profunda culpa dentro de su alma, pues reniega de su religión y de su palabra, y ello por salvar su vida y su hacienda. Las consecuencias sociales del incumplimiento en el drama es la huída del personaje y su eterna persecución por parte de los antagonistas; es más, aun en el caso de que el personaje pueda librarse de ellos, siempre le queda el miedo (efecto moral) de que puedan encontrarle.

En “El mercader de Venecia”, además, se da otro tipo de conflicto muy moderno: el conflicto legal, el conflicto entre leyes. Dicho conflicto aplicado al caso del mercader y el judío se produce entre una ley comercial (la validez y el cumplimiento de los contratos) y una ley de enjuiciamiento criminal (el atentado contra la integridad de un cristiano). En las sociedades modernas este tipo de conflicto se resuelve o bien modificando partes de las leyes conflictivas, o bien por jurisprudencia, es decir, teniendo en cuenta el fallo de juicios similares anteriores, lo cual (esta última forma) no deja de resultar dramático, pues las leyes sin modificar seguirán siendo fuente de conflictos. De este modo el caso del mercader y el judío resulta doblemente dramático: en primer lugar porque no se modifican las leyes, en segundo lugar por lo antes dicho, porque el judío no lleva a cabo su venganza. Lo trágico hubiera sido que Shakespeare llevara a cabo el cumplimiento de las leyes, que el judío cobrase la libra de carne del mercader (muriendo éste) y que, tras la imposibilidad de cobrar dicha libra sin verter ni una gota de sangre (sangre cristiana), el judío fuese ajusticiado. Así se mostraría mejor esa conflictividad de las leyes, unas leyes muy poco “humanas” (o mejor, poco caritativas).

Ahora bien, ¿qué es, entonces, lo que Shakespeare muestra mejor? Pues la dimensión individual y corporal del hombre. Mientras que en la tragedia el hombre es un capricho del destino (o un capricho de las normas, por decirlo en términos menos románticos y más antropológicos), en el drama el hombre elige, y elige muy individualmente, teniendo siempre presente su individualidad corpórea: esto se ve en el caso del judío, aunque entremezclado con otras pasiones, como el materialismo y la avaricia (hay cierta dosis de antisemitismo en la obra), pero donde mejor se ve es en el más famoso pasaje de Shakespeare, aquel que comienza con “ser, o no ser…”; dice Hamlet: “…considerar qué sueños nos podrán invadir al abandonar este cuerpo perecedero y dormirnos en la muerte, es bastante para detenernos. He aquí el temor que da larga vida a nuestras calamidades; pues sin él, ¿quién soportaría los ultrajes y achaques de la edad, la violencia del tirano, el insulto del soberbio, la angustia de un amor desairado, las dilaciones de la justicia, la insolencia del funcionario y el desdén que el paciente mérito sufre del hombre indigno, cuando podríamos alcanzar nuestra propia calma con un solo puñal? ¿Quién querría llevar tan duras cargas, gimiendo y sudando bajo el peso de una vida sin respiro, si no fuera por el temor de lo que tal vez nos aguarda tras la muerte, esa región ignorada de cuya frontera ningún viajero vuelve, que quiebra nuestra decisión y nos hace preferir los males que nos acosan antes que buscar otros que ignoramos? Así nuestra conciencia nos vuelve cobardes; y así desmaya la fuerza de nuestro inicial valor bajo los pálidos avisos de la prudencia; y las empresas de más aliento y más alcance, con solo este pensamiento, mudan su curso y quedan en vanos propósitos sin acción”.

¿Cobardía? ¿Humanidad? ¿O una humanidad históricamente más cercana a nosotros? ¿Somos, pues, más cobardes ahora (desde el XVI para acá) que antes? ¿Acaso somos más humanos? Hasta aquí he ido mezclando deliberadamente la tragedia y el drama en tanto estructuras antropológicas con la tragedia y el drama en tanto géneros literario-teatrales; sin embargo, conviene separarlos y preguntarse: ¿hasta qué punto el teatro es un reflejo, quizás empañado, de la estructura antropológica de la sociedad en que se gesta? ¿Son antropológicamente más simples las sociedades donde aparece la tragedia que aquellas en las que nace el drama? ¿O acaso no tendrá más que ver, el teatro, con el imaginario colectivo de manera que aparezca la tragedia en épocas o en autores con una fuerte carga moral, en los que primen ciertos valores, valores por los cuales debería darse la vida? ¿No sería el drama, entonces, propio de épocas o autores carentes o poco convencidos de valores ante los cuales, pues, no se arriesgaría la vida? ¿No habría que distinguir, también, entre autor y sociedad?

Demasiados interrogantes. No puedo contestar a todos… Quizá tampoco sepa hacerlo. Pero no quiero decir que Shakespeare careciera de valores; de hecho en el “Mercader de Venecia” el único que arriesga la vida es el mercader, y lo hace por amistad o por amor (en la película con tintes de homosexualidad) hacia su amigo. El dramático final de la película (que no de la obra de Shakespeare) es que el amigo se acuesta con la dama (ya su mujer) y el mercader, interpretado por Jeremy Irons, queda solitario y confuso. Claro, demasiado sería que no muriendo a manos del judío viniera ahora a suicidarse por desamor; por muy trágico que fuera, sería todo un despropósito.

23 de marzo de 2007


Jean-Baptiste Grenouille (El Perfume): un anticristo para tiempos posmodernos

¿Qué magia tiene "El Perfume", la novela de Patrick Süskind, para que en tan poco tiempo haya sido consagrada como una de las grandes en la literatura universal? Hay tres características obvias y muy importantes para ello: está bien escrita, está bien documentada y nos introduce en un mundo real pero casi desconocido para nosotros, el mundo de los olores. No obstante, también existe un componente más velado, menos visible, que nos atrapa y mantiene nuestra atención, tanto en la novela como en la reciente adaptación cinematográfica: la atracción por el mal representada en la figura del anticristo, si bien es cierto que un anticristo muy particular, lejano a todas las profecías y leyendas a las que nos tienen acostumbrados. Süskind nos proporciona a lo largo de toda la novela ciertas notas simbólicas pertenecientes a la tradición judeocristiana, especialmente referidas a la vida de Jesucristo y de los profetas, que, insertas en otro contexto o llevadas a su extremo, nos ponen en presencia del mal encarnado.

Por lo pronto Süskind juega con el nombre y apellido del protagonista de la novela: la acción se desarrolla en Francia, y en francés Grenouille significa "rana"; puede que las características físicas del personaje nos hicieran pensar en este animal, pero el autor se ocupa muy mucho de compararlo con otro aún más rastrero y despreciable, la garrapata; sin embargo los israelitas consideraban a la rana como personificación de poderes demoniacos y en el medievo era utilizada como símbolo de la lujuria, lujuria que encontramos en los episodios de la bacanal frente al cadalso y de la eucaristía final. Tampoco el nombre es aleatorio: Juan Bautista, el predecesor de Cristo; al igual que aquél se refugió en el desierto, nuestro personaje se refugia en la montaña huyendo de los hombres, hasta que llega el momento de la revelación, todo un clásico en las vidas de profetas y mesías.

Según las tradiciones del Anticristo éste ha de nacer de familia noble, todo lo contrario a Cristo, como por ejemplo el Damian de "La Profecía". En "El Perfume", en cambio (igual que en "El día de La Bestia", de Alex de la Iglesia), la sordidez del nacimiento se lleva al máximo situándolo en el suelo, entre restos de pescado medio podrido, sin una pizca de amor ni compasión por parte de su madre, la cual, tras otros cuatro partos, no puede considerarse ninguna virgen y su falta de atención por el pequeño será lo que le lleve al patíbulo. En este aspecto toda la narración se encuentra cruzada por un sentido de justicia cósmica, divina o diabólica: todos los personajes siniestros, avarientos, etc., que se cruzan con Grenouille y que se aprovechan de él reciben su justo castigo, ya sea en forma de accidentes ya en forma de ejecuciones. Ahora bien, en ausencia de cualquier referencia al Dios de los justos, todo nos lleva a pensar, o a sentir, que esa justicia procede del diablo, aun cuando Süskind nos proporciona multitud de indicios y pruebas para mostrar que eso no es así: la Francia del siglo XVIII ya está imbuída de racionalismo, y esto se deja ver en la novela; los juicios no son aleatorios, se buscan pruebas, aunque luego dichas pruebas induzcan a error, los edificios construidos sobre el puente del Sena llevaban tiempo crujiendo, etc.; los errores pueden ser fruto de la casualidad, pero demasiadas casualidades parecen indicar la presencia de un plan sobrenatural.

Por otro lado, la figura de Grenouille, sobre todo en lo que se refiere a la cuestión de los olores, no es evidentemente humana, sino una yuxtaposición de características animales (su fino olfato y la estructura olfativa de su "mente", es decir, de su mundo) y características angélicas o diabólicas, ya sabemos que el diablo es un ángel caído; entre estas últimas están la falta de olor corporal propio que, según la novela, desencadenará el trágico final del protagonista, y su completa falta de sentimientos morales.

Además, esa amoralidad que lo caracteriza es innata, consustancial al personaje, no es un producto de la falta de cariño por parte de las otras personas, las cuales, debido a su falta de olor personal, le ignoran, salvo cuando se enfrentan visualmente con él, que entonces le temen. Su falta de interés por los demás se traduce en una apatía que, solo al final de la novela, y quizá en contradicción con el resto de la trama, se transmuta en desprecio y en odio por el género humano. Pero ambas actitudes son características de un monstruo sin alma humana: la apatía está claro que es inhumana, pero el odio no, el odio es más humano, siempre que se pueda entender como venganza o paso previo a una venganza por vejaciones sufridas; mas en el caso de Grenouille no es así, odia o desprecia a los humanos por ser seres inferiores, susceptibles de ser manipulados a su antojo, es el odio o desprecio del superhombre, del anticristo. Y al igual que el superhombre o el anticristo de Nietzsche nada hay superior a ellos, ninguna instancia, dios o diablo, él mismo es la instancia superior:

"Había llevado a cabo la proeza de Prometeo. A fuerza de porfiar y con un refinamiento infinito, había conquistado la chispa divina que los demás recibían gratis en la cuna y que sólo a él le había sido negada. ¡Más aún! La había prendido él mismo, sin ayuda, en su interior. Era aún más grande que Prometeo. Se había creado un aura propia, más deslumbrante y más efectiva que la poseída por cualquier otro hombre. Y no la debía a nadie --ni a un padre, ni a una madre y todavía menos a un Dios misericordioso--, sino sólo a sí mismo. De hecho era su propio Dios y un Dios mucho más magnífico que aquel Dios que apestaba a incienso y se alojaba en las iglesias" (párr. 49).

Si el auténtico Anticristo es el mensajero del Diablo, Grenouille no es mensajero de NADIE, menos aún de alguien que no existe; en todo caso él mismo sería el Diablo. Si consideramos a Grenouille como un anticristo no solo es porque se comporte como un vulgar psicópata carente de sentimientos morales al que no hace mella el dolor de sus víctimas, tipo "American psico", Hannibal, etc., que también, sino por ser el mesías de, entre otras cosas, una especie muy particular de demonio, los olores. Son los olores aquello que nos hace comportarnos del modo "más bajo", más primitivo, ya que afectan directamente a nuestro cerebro reptiliano, a la parte evolutivamente más antigua del cerebro. Cuando nos enfrentamos a un mal olor nuestra faz se retuerce en una mueca de asco y algo nos fuerza a apartarnos, ya sea una cosa o una persona, cuando algo huele bien ocurre todo lo contrario. Puede que hayamos olvidado a una antigua pareja, pero si una mujer o un hombre pasan a nuestro lado despidiendo el mismo perfume que aquélla llevaba, nuestro vientre se acalora y el calor nos llega al pecho. Todo esto por no hablar de las investigaciones biológicas acerca del efecto inconsciente de las feromonas, es decir, las hormonas odoríferas que expulsan los animales (y los hombres en cuanto tales) a los cuatro vientos, pero que no se perciben de modo consciente. Es, por lo tanto, mensajero de ALGO, de su mundo interior: toda la trama de la novela, desde que abandona la fábrica de curtidos, está orientada por el afán de crear perfumes, por expresar la belleza de su odorífero mundo interior (párr. 19). En este aspecto Grenouille es un artista que necesita expresarse si bien no por medio de categorías ópticas (como pintores, escultores, arquitectos), auditivas (como los músicos), táctiles o gustativas, sino olfativas. Grenouille es el Prometeo del perfume y no le interesa la fama, el dinero o el poder que ello pueda conllevar; se trata de un desinterés completamente sobrehumano. Anteriormente dijimos que la vida de Grenouille recrea la vida de los profetas, y es que también existe un paralelismo entre los profetas y los auténticos artistas: si aquellos llevan en su interior la palabra de Dios, estos llevan las formas de la Belleza, y todos han de darles expresión. El símil de la comparación con Dios y de su poder creador alcanza su apogeo en los sueños que tiene durante su reclusión voluntaria en la caverna de la montaña.

Es éste, el capítulo de su estancia en la montaña, otro de los paralelismos con la vida de Cristo y de los profetas. Por lo general los profetas pasan largas temporadas de retiro en el desierto o en las montañas a la espera de la Revelación, no obstante, a veces ésta llega sin aviso habiéndose retirado el profeta escapando de alguna persecución; otras veces la estancia es más corta, como la de Cristo, que solo estuvo cuarenta días con sus respectivas noches para ser tentado por el Diablo (aunque para Saramago, en su "Evangelio según Jesucristo", estuvo cuatro años). Normalmente se retiran al desierto, aunque también a las montañas, como Zaratustra. Este retiro al desierto, no obstante, no es sino una metáfora del retiro que supone la oración: "la relación entre la oración y el desierto se presenta siempre con una faceta de sombra. Si el orante va a escuchar a Dios en su propio desierto, encontrará ahí necesariamente los "demonios" que no solamente le habitan sino que él alimenta" (http://www.ecclesia.com.br/biblioteca/monaquismo/la_via_del_desierto.htm)

Grenouille llega a la montaña escapando de los nauseabundos olores humanos y para estar solo consigo mismo; allí vivirá siete años en una cueva de la que solo saldrá para lamer las pocas gotas que manan de una grieta y para alimentarse de raíces y pequeños animales; su austeridad irá más allá de la de los clásicos ermitaños y la tentación que sufre no es la de Dios, ni la del Diablo, es la tentación de la Nada, la llamada a la desaparición, una desaparición sin haber dado curso expresivo a su rico mundo interior, un mundo donde sólo caben los olores. De ahí la monstruosidad de este personaje: se trata de un auténtico hombre unidimensional; él se mueve a la perfección en la dimensión olfativa (aunque para los demás sea invisible en dicha dimensión), sin embargo carece de todas las demás o, al menos, las tiene muy atrofiadas.

En esa cueva, en ausencia de todo olor extraño, da rienda suelta al despliegue de su mundo interior; día tras día, año tras año, Grenouille gozará del mismo espectáculo, un espectáculo donde él es el Rey, donde es el Dios creador. Atrofiados comparativamente sus otros sentidos y atrofiados absolutamente sus sentimientos hacia los otros, él es el único habitante del mundo. Sin embargo su egocentrismo y su egoísmo solo se moverán en la dimensión olfativa. Y será, por supuesto, en dicha dimensión donde acontecerá la horrible revelación que le sacará de su retiro: la toma de conciencia de que carece de olor corporal, lo cual, visto exclusivamente en la dimensión olfativa equivale a la falta de identidad, a la ignorancia de sí mismo, algo que ya han puesto de manifiesto otros análisis de esta novela. Esta falta de identidad odorífera está, por supuesto, muy relacionada con la capacidad para percibir todos los olores del mundo y podría tomarse como una metáfora de ciertos problemas de personalidad con los que se encuentran los psicólogos hoy en día: en un mundo tan cambiante como es el nuestro, las personas más sensibles, las que mejor perciben los cambios, las dotadas de más memoria, que no olvidan al ritmo con que se suceden los anuncios, las más interesadas por todo lo que sucede a su alrededor, aun de modo no del todo consciente, es decir, la gran mayoría de adolescentes y todos los demás en mayor o menor grado, serían pasto de la falta de personalidad, precisamente a causa de una sobreabundancia de modelos de comportamiento que poder seguir; el padre, el maestro o el vecino ya han de jado de ser los modelos a seguir, ahora tenemos mil modelos más por la televisión y el cine. En la sobreabundancia nos perdemos, caminamos a la deriva, hoy comportándonos de un modo, mañana de otro completamente distinto, sin un criterio para el cambio. Da lo mismo poseer mil personalidades que no poseer ninguna; es el problema del endemoniado de Gerasa: "mi nombre es Legión, porque somos muchos" (Mc 5, 9), contesta el endemoniado a Cristo. "No huelo a nada, porque puedo oler todo", podría decir el protagonista de nuestra novela, al fin y al cabo, un endemoniado.

A partir de la revelación comienza la búsqueda de sí mismo a través de los olores, lo cual, unido a su egocentrismo y a las formas odoríferas de la Belleza que lleva en su alma, le conducirá a buscar el perfume perfecto, a ser "el hombre mejor perfumado de la tierra" (párr. 44), para lo cual no escatimará en medios. Estos medios son los asesinatos de las vírgenes para extraerles su aroma, el olor más embriagador y con mayor poder de seducción de cuantos existen. Anteriormente nuestro personaje ya se había enfrentado con esa fragancia y había asesinado para intentar poseerla (la fragancia). Este suceso produjo un giro en la vida de Grenouille:

"Tenía la impresión de haber nacido por segunda vez, no, no por segunda, sino por primera vez, ya que hasta la fecha sólo había existido como un animal, con sólo una nebulosa conciencia de sí mismo. En cambio, hoy le parecía saber por fin quién era en realidad: nada menos que un genio; y que su vida tenía un sentido, una meta y un alto destino: nada menos que el de revolucionar el mundo de los olores [...] Había encontrado la brújula de su vida futura. Y como todos los monstruos geniales ante quienes un acontecimiento externo abre una vía recta en la espiral caótica de sus almas, Grenouille ya no se apartó de lo que él creía haber reconocido como la dirección de su destino. Ahora vio con claridad porqué se aferraba a la vida con tanta determinación y terquedad: tenía que ser un creador de perfumes. Y no uno cualquiera, sino el perfumista más grande de todos los tiempos" (párr.8).

Ahora, sin embargo, tras la revelación, ese destino cambia. Creará perfumes, sí, pero sobre todo lo hará para sí mismo, para dotarse de una identidad y, posteriormente, para dominar a los hombres (párr.32). Grenouille se revela en este momento como lo que habíamos ido sospechando a lo largo de toda la lectura, un anticristo, un ser malvado, un psicópata, no un loco cualquiera, no un monstruo sin sesera. Gracias al poder de seducción del perfume de las vírgenes logrará el poder de seducir a los hombres, lo cual no es sino un poder diabólico: el diablo no obliga por la fuerza sino que tienta, persuade y seduce. Para ello, sin embargo, habrá de cometer unos cuantos asesinatos, dado que su poder de persuasión a través de la palabra es poco más que inexistente (esto se deja ver mucho mejor en un capítulo de la película que no existe en la novela: Grenouille trata de capturar el olor de una prostituta viva, pero a pesar del dinero ella se niega a participar en un "juego erótico" tan asqueroso, siendo untada de grasa, razón por la cual ha de matarla).

Existen varias comparaciones explícitas con el diablo a lo largo de los párrafos (40-48) en que se narra el año que pasa Grenouille asesinando muchachas, comparaciones que alcanzan su sentido más hondo cuando se le compara implícitamente con Cristo: una vez que ha sido detenido y condenado debe ser crucificado. Hay un punto, no obstante, que nos hace pensar en el Anticristo: no se trata de una crucifixión clásica; en este caso la cruz es un mero soporte para aguantar el cuerpo mientras le parten los huesos con doce golpes de barra de hierro; pero recordemos que a Cristo no le partieron ni un hueso, como corresponde al cordero pascual (Éx 12:46, Sal 34:21, Núm 9:12). Sin embargo, la sentencia no se lleva a efecto gracias al poder de seducción del perfume que, no se sabe cómo, ha logrado mantener oculto desde su detención. Es entonces cuando tiene lugar la gran orgía en su nombre y cuando se da cuenta del auténtico poder y de su auténtico desprecio por los seres humanos: seres que se dejan engañar por él, seres lúbricos y malolientes que le adoran como a un ángel, aunque sea un ángel del infierno.

Grenouille ha alcanzado su meta, con su perfume podría poner el mundo a sus pies. Y ahora, ¿qué? Los temores de su revelación vuelven a él: ¿quién eres, Jean Baptiste Grenouille? ¿Por qué no hueles a nada? De repente nos encontramos en la encrucijada teórica de la concepción del ser entre la escolástica y la modernidad: ¿para hacer algo hay que ser algo previamente? o ¿uno es en la medida que hace algo? Grenouille se nos revela como un personaje del mundo antiguo, un personaje trágico que, no conociendo su esencia, su existencia carece de sentido: "Podía hacer todo esto cuando quisiera; poseía el poder requerido para ello. Lo tenía en la mano. Un poder mayor que el poder del dinero o el poder del terror o el poder de la muerte; el insuperable poder de inspirar amor en los seres humanos. Sólo una cosa no estaba al alcance de este poder: hacer que él pudiera olerse a sí mismo. Y aunque gracias a su perfume era capaz de aparecer como un Dios ante el mundo... si él mismo no se podía oler y, por lo tanto nunca sabría quién era, le importaban un bledo el mundo, él mismo y su perfume [...] Soy el único para quien el perfume carece de sentido" (párr.51). El perfume es la metáfora de la vida.

Al menos el auténtico Anticristo se sabría enviado por el Diablo; nuestro personaje, en cambio, procede de un infierno personal, la falta de conocimiento de sí mismo. Al fin y al cabo no deja de ser un profeta, un mesías, de lo que acontecerá en tiempos venideros, cuando ninguno de nosotros sepamos el porqué de nuestra estancia en este mundo: caídos los dioses, ídolos e ideologías, ¿qué nos queda? Proyectos personales. ¿Y después? La nada, la antigua tentación: en un último paralelismo con Cristo y, más allá, en una última exageración de este paralelismo, Grenouille se ofrece en auténtica eucaristía a los "ladrones, asesinos, apuñaladores, prostitutas, desertores, jóvenes forajidos", los cuales se convierten por unos momentos en caníbales, un canibalismo por amor. Y un amor ciego, por supuesto, como corresponde a los viejos cánones.

Después de todo el superhombre de Nietzsche resultaba moderno; Grenouille no lo es y, tras él tampoco vendrá un superhombre, tras Grenouille no vendrá nada, pues resulta un mensajero del vacío y, ¿acaso no es el vacío un infierno, un infierno en vida, para muchos de nosotros? No saber quiénes somos, no saber qué hacer. ¿Es, pues, una atracción por el mal, como dijimos al principio, o la atracción por el vacío existencial del que hablaba Sartre? No nos engañemos pensando que somos superhombres, pequeños dioses, capaces de dotar de sentido a nuestra vida. La tentación siempre está ahí, esperándonos a la vuelta de la esquina. Quizá cuando saltemos del podio, tras nuestro triunfo, sea el Diablo el que nos recoja en sus brazos.

Mientras tanto, salud y armonía, maj@s.

Gracias a:
  • Azucena Crespo Díaz por la idea inicial de la comparación con Cristo y los mesías.
  • Álvaro, por una de las pocas comparaciones con el Anticristo que he encontrado (http://www.deabruak.com/maquina/archivos/000043.html)
  • Jose Ramón, alias "J.R.", por algunas referencias clásicas.
  • Patrick Süskind, ¿cómo no?, por la novela.




Zanjas profundas en tu mente
Zanjas profundas en tu mundo
Zanjas que nos separan
Zanjas que nos escinden
Zanjas en las que caemos
a veces sin poder salir