Cambio de la url de las Zanjas:


http://zanjasprofundas.blogspot.com/
Mostrando entradas con la etiqueta peripecias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta peripecias. Mostrar todas las entradas

4 de junio de 2008


Diario de montaña, 01-06-08: La Najarra

Me levanté como tantos otros domingos: con la cabeza abotargada de haberme pasado el día anterior... De haberme pasado un montón de horas delante del ordenador; la sensación es la misma que cuando te has pasado con el alcohol. El tiempo era el mismo que el de todo el mes: nublado. Llevaba cinco semanas sin salir al monte. Ponía como excusa la lluvia, o el trabajo que tenía que hacer (luego aunque me quedara en casa no lo hacía)... Pero tenía que salir o mi salud mental podría verse perjudicada... Sí, más de lo que ya está.

Así que desayuné, preparé la mochila y me tiré al monte. Bueno, antes que nada siempre se toma un café. Llegué a Miraflores con un tiempo que no auguraba una buena jornada. En mallas y con una camiseta abanderado de manga larga (semejante, pues, a un híbrido entre ciclista moderno y obrero de los años 20) me bajé de la furgoneta (estaba chispeando) y entré en la cafetería, la que está bajo el hostal de las cadenas colgantes. La gente me miraba como a un bicho raro, lo cual, al cabo de 25 años (tiempo que hace que despertó mi conciencia) ha dejado de sorprenderme. Al principio, cuando eres adolescente y te vistes para que te miren de esa forma, lograrlo es todo un signo de distinción. Cuando al cabo de los años intentas pasar desapercibido sin lograrlo la más tenue de las sensaciones es el estupor, ya que no entiendes cuál es tu diferencia: ¿soy calvo? ¿mi pantalón no deja asomar la raja del culo? ¿llevo una camisa de cuadros por dentro del pantalón? ¿llevo chupa de cuero? ... ¿o son todas esas diferencias juntas?

Me visto de traje para ir a las entrevistas de trabajo y entonces no hace falta que nadie me mire porque ya me basto yo mismo para sentirme extraño: ¿iré bien vestido? ¿la corbata lleva la altura adecuada para que no caiga dentro del urinario? ¿el corte de mi chaqueta es moderno? ¿se me ha vuelto a descolocar la hombrera derecha y parezco Cuasimodo? Afortunadamente durante este mes y medio que he estado trabajando sólo los primeros días he ido de este guisa, después, viendo el percal, he vuelto a vestir de sport, que dicen los modistos.

De todos modos, era normal que mi mirasen yendo en mallas y con la camiseta. Me tomé el café, pasé al baño y me reencontré con mi viejo amigo, el cartel de cartón. Vedlo:
Ah, esta gente tan imaginativa. Subí a la furgoneta de nuevo y enfilé camino de la Morcuera. La carretera, como cualquier otro domingo, llueva o haga sol, apriete el calor o haga frío, estaba plagada de ciclistas a los cuales iba adelantando con gran precaución. Ya cerca del puerto volví a ver a otro viejo amigo: el coche despeñado desde la carretera que, roñoso y oxidado por el paso del tiempo, debieron dejar ahí para aviso de conductores.

Sólo dos vehículos había aparcados en el puerto; el viento soplaba fuerte y arrastraba una fina llovizna; la temperatura era lo suficientemente baja como para que se me durmieran los dedos de las manos, así que me puse los guantes de invierno. Supongo que algo no funciona bien en mi circulación sanguínea, pero bueno, mientras que no se me empiece a helar la cabeza... Cada vez que me pasa esto me vienen a la cabeza las imágenes de Ollarzábal y Pasapán con sus dedos apuntados; esta vez, sin embargo, el proceso de asociaciones fue más allá, y me trajo a la cabeza a Iñaki Ochoa de Olza, muerto hace quince días en el Annapurna.

Me pertreché con todos los
innecesarios aparejos de que al cabo de los años me han ido dotando mis amiguetes y familiares: gafas de sol ultra-fashion, mapa topográfico, bastones de fibra de carbono y mango de corcho (que absorbe el sudor), GPS... Por cierto, no tengo funda para el mismo, fue todo un triunfo lograr acoplarlo en la cincha de la mochila, así que si alguien se quiere tirar el rollo... En fin, mucha tecnología para luego dar un traspiés y sacarte un hombro, clavarte la cantimplora de Clint Eastwood en las costillas o matarte contra una piedra de treinta centímetro cúbicos acabada, eso sí, en pico. Tras ello me puse la capa de agua que me agencié el verano pasado en Ponferrada, mientras hacía el Camino y eché a andar. Lo malo de las capas de agua es que te mojas igual, ya que empiezas a sudar y... por no hablar de la verdad aquella de "es más difícil que mear con capa", y es que cuando sopla el viento la susodicha no se libra del chorrillo.

Las nubes cubrían la cima de la Najarra, así que opté por seguir el camino que lleva por la ladera hasta la Cuerda Larga. Al cabo de 10 minutos ya me dolía el tendón de Aquiles derecho... Yo y mis achaques. Milagrosamente desapareció el dolor al cabo del rato.

Después de mes y pico sin subir al monte los olores y sonidos del campo te arrancan uns lágrimas de felicidad por un lado y de reproche por otro: "¿por qué habré sido tan gilipollas de no haber venido en todo este tiempo?". Respirar el olor de la tierra húmeda y escuchar cantar a los pájaros con el valle del Lozoya y Peñalara a la vista, el cielo cubierto de nubes y ni un alma por los alrededores, es una sensación que contrasta demasiado con los apelotonamientos en el metro todas las mañanas, con las colas de gente saliendo por las escaleras mecánicas, semejantes a las salchichas saliendo de la máquina embutidora (clásica imagen de Kooyanisqatsi)... Pensamos que hemos avanzado mucho desde el siglo XIX, pero en un centro empresarial los aprietateclas (chupatintas en tiempos pasados) de la sociedad de servicios en que nos hemos convertido entran y salen en masa sin necesidad del ruido de sirenas; nos hemos librado de accidentes laborales causados por martillos, sierras o soldaduras, para ser sustituidos por hernias discales provocadas por malas posturas frente al ordenador, vista cansada por permanecer frente al mismo mucho tiempo o estrés y depresión por no poder coger del cuello a nuestro jefe, o a ese cliente quisquilloso, y sublimar nuestra tensión en una ordalía sangrienta... Acabando en la cárcel, por supuesto, que el crimen hay que pagarlo, como diría Dostoievski... O los mismísimos Banzai, con Salvador tocando la guitarra.

Ehhhhhh, sí, estábamos en la montaña, ¿no? Plácida y solitariamente caminando... ¿"plácida"? No. La digresión anterior no es sino el traslado de una pequeña muestra de los pensamientos que se me van ocurriendo mientras camino. Es difícil lograr un momento de paz espiritual. Únicamente cuando logro reparar en alguna peculiaridad del campo, por lo demás literariamente muy manida, como lo de los olores, colores, formas y sonidos, durante un pequeño lapso de tiempo me embarga un sentimiento de felicidad que a veces logro retener durante unos minutillos. Después los pensamientos rutinarios vuelven a la carga: el trabajo, el amor, la falta de alguno... Así hasta que el cuerpo despierta. Despierta y dice: "otra vez me estás machacando, ¿no? Muy bien, pues adelante"; eso suele suceder en las subidas con mucha pendiente. O también puede ocurrir que camines por un lugar difícil, rocas, matorrales, entonces te sube la adrenalina, tus sentidos se agudizan y dejas de pensar en gilipolleces del mundo civilizado para regresar evolutivamente a la vida de las cavernas, a ser uno con la naturaleza, en lucha con la naturaleza, ya que la "armonía" con la misma es también un invento civilizado.

Llegué a la Cuerda Larga y al asomarme a la Hoya de San Blas una cabra salvaje me saludó con el típico chillido que avisa a sus compañeras del peligro. Las crías se encontraban unos metros más abajo. Me entretuve un rato mirando hacia Madrid, envuelta en la bruma, mirando las formaciones rocosas de la Pedriza, mirando las nubes que seguían envolviendo el pico. La cabra se confió y volvió a su punto de partida, una roca de la que arrancaba los líquenes. De cuando en cuando sus ojos amarillos se enfrentaban a mis anaranjadas gafas, a mis ojos de mosca, y un escalofrío me recorría la espalda. Es natural que los antiguos asociaran al Diablo con las cabras.

Me marché de allí soltando una carcajada al acordarme de Gigatrón: "yo soy el Macho Cabríiiiiio, soy mucho más macho y más cabrón que tú..."

Decidí bajar hacia la Hoya, recorriendo el camino inverso en el que hace tres meses me fisuré la costilla. Paré a comerme un trozo del ladrillo de chocolate que mi hermano suele traer de Asturias (es que mira que son bestias las gentes del Norte) y a echar una foto con mi nuevo "Nokia 6124 Classic, exclusivo para clientes Vodafone". Este fue el resultado:

Dos setitas encima de una de las de Abelardo. Bucólico, ¿no? La siguiente fue tomada casi al final de la jornada, pero la pongo aquí por semejanza temática: son las casitas de los gnomos basureros.
¡Ah, la escatología!

Continué andando y al poco rato llegué a este maravilloso manantial del que brota el agua con un chorro del calibre de un brazo (aunque en la foto no se aprecia):
El sendero descendía por la ladera haciendo zig-zag, hasta que en una de las curvas el ansia de aventura pudo conmigo y abandoné el camino. En realidad lo que hice fue coger un pequeño sendero que salía desde allí y que como cualquier otro pequeño sendero, en estos tiempos que corren posteriores al abandono rural, termina muriendo, o más bien ocultándose entre la maleza, cien metros más allá.

El abandono rural, sí. Es lo que ha convertido nuestras montañas en sitios solitarios donde ya no puedes charlar con ningún paisano, donde los senderos mueren por abandono, porque ya nadie pasa por ellos, salvo algún osado excursionista. La vida rural, tan bucólica vista desde nuestra perspectiva; tan dura y sacrificada en la realidad. Hace unas semanas veía un documental sobre Marinaleda, un pueblo sevillano, el más avanzado en política social de izquierdas (autoconstrucción de viviendas, ocupación de tierras, explotación comunal de las mismas, cooperativismo...), en el cual una de sus habitantes, cooperativista en la fábrica de envasados agrícolas, reflexionaba de la siguiente manera: "siendo nosotros la base de la vida, los productores de alimentos para los seres humanos, ¿por qué estamos tan abandonados? ¿por qué no se nos trata mejor?" Y es que trabajas un año cuidando el campo para que luego llegue un pedrisco y te estropee la cosecha, como acaba de ocurrir con las cerezas del Jerte (así que este año, a precio de oro). Así pues, ¿tenemos algo que reprochar a aquellos que abandonan el campo? Quizá sí, leeros "La lluvia amarilla", de Julio Llamazares.

Abandoné el camino, se terminó el sendero, caminé entre las hierbas, cuyas puntas penetraban el tejido de las mallas, hierbas que ocultaban rocas y hoyos con los que tropezaba. Llegué a un canchal, un río de piedras, una autopista comparado con la zona herbácea, y volvieron las hierbas. Entre medias me encontré con este inmenso acebo:
Es una lástima que no fuera nadie conmigo, al menos para que tuvierais una referencia de su tamaño. Por cierto, ¿veis las flores de las retamas? ¿las flores amarillas? Antes os he hablado de los colores del monte, pues imaginaos todas las laderas cubiertas de un manto amarillo. Además, resulta curioso (aunque científicamente explicable) que hayan florecido hasta una determinada altura, viendo cómo se recorta el manto con una línea horizontal. Curiosos, los piornos, ¿no? Mi hermano que es biólogo y sabe de estas cosas, dice que bajo ellos existe un microclima de cuatro grados por encima de la temperatura ambiente, así que ya sabéis si os quedáis un día tirados en el monte: bajo los piornos, cual ratillas.

Subí una loma y la vi. Vi una cascada y me dirigí hacia ella. A ratos parecía que seguía un sendero y, efectivamente, viendo el trazado del GPS sobre el mapa (ya en casa), iba siguiendo, aunque a ciegas, el sendero. No es fácil, pues, llegar hasta aquí:
La cascada tendrá unos tres metros de alto y acaba en una pequeña poza, ideal para el verano; el problema es que para entonces no sé el agua que podrá llevar. Para cruzar al otro lado del arroyo hay que hacer un poco el mono: agarrarse a una rama, estirar mucho las piernas, agarrarse a otra y tirar con fuerza, sin mirar abajo, donde te espera otra poza quizá no muy profunda. Y al otro lado se encuentra el comedor del lugar, entre las sombras de los pinos. Allí desplegué el mantel y las viandas del picnic (empanada, queso, nísperos...) y comí plácidamente escuchando el ruido ensordecedor del agua, una delicia comparado con el del tráfico madrileño. No hubo siesta, el tiempo no estaba muy apacible y ya serían las cuatro de la tarde.

Eché a andar otra vez, ahora sí, a este lado del arroyo, por un camino en toda regla, un bonito y horizontal camino por el que pasear tranquilamente, desde el que observar vistas como ésta de la Pedriza:

Y vistas no tan bonitas, pero no menos impresionantes: las cuatro torres de Pza. Castilla, símbolo falocrático del poder económico, bancos y constructoras. Atrás quedó la industria, más atrás la Iglesia, instituciones que un día tuvieron el poder en sus manos y levantaron monumentales edificios para dejar bien claro quién manda, para impresionar, para hacer ver que estaban más cerca de Dios... Siguen mandando, por supuesto, pero en la sombra. Y ya no sabemos qué es lo peor.

Miré entonces hacia lo alto, llevado por estos excelsos pensamientos, y vi despejado el pico de La Najarra. Decidí atacarlo. Y tras unas breves dudas consultando mapa y GPS, los cuales parecían contradecirse o, peor aún, contradecir mi sentido de la orientación, los guardé maldiciendo y "con rabia entre los dientes" y a golpe de bastón me puse a subir en línea recta, nada de sendero zigzagueante que, por lo demás, se perdía cada dos por tres. Y llegué al pico. Y besé el hito del Instituto Geográfico Nacional. Y burlé a las nubes. Y bajé casi corriendo de lo contento que estaba. Había recorrido 15 km.

Una vez en el coche llamé a mi amiga Azucena, que vive en Manzanares y me invitó a una sopa de Tetrabrik, a unas almendras, a reinstalarle el antivirus y a que leyera una crítica que había hecho a la película "Conversaciones con mi jardinero", en la que trabaja Daniel Auteil (el de "La chica del puente"). Aquí está el enlace al texto y más abajo la ruta que hice por GPS:
http://www.letraviva.es/diario/wp-trackback.php?p=48

Salud.


24 de abril de 2008


Joaquín, los Screamin' Witch Doctors y mis entrevistas de trabajo

Ayer me encontré con un compañero de colegio y de instituto, estuvimos charlando bastante tiempo, fuimos de compra juntos: unas gotas y pan de centeno del herbolario, un libro (el mismo) para cada uno... "El juego del ángel", de Ruiz Zafón... Y un poco de silicona blanca para la pared.

No sé qué me pasa últimamente que cada vez que salgo de una entrevista de trabajo me da por irme de compras. Debe ser para calmar la ansiedad... O debe ser que se está despertando dentro de mí la bestia consumista que todos llevamos dentro, aunque muchos la dejen campar a sus anchas. Bueno, en mi descargo he de decir que el libro es para un regalo y el pan es necesario.

A lo que iba: que estuvimos hablando bastante rato sobre el trabajo y los proyectos vitales de cada uno. Pues bien, uno de los proyectos de Joaquín, durante varios años ha sido este grupo que estáis oyendo... ¿Que no lo oís? Pues enchufad los altavoces, almas de cántaro. Son los "Screamin' Witch Doctors" y él es el batería.

Ahora sigue tocando de vez en cuando con "los limones ciegos", un grupo de blues que podéis escuchar en http://www.myspace.com/theblindlemons. Además es un orientalista y un viajero empedernido (aquí tenéis su diario y fotos de China y Vietnam: http://caminovietnam2007.blogspot.com/), a parte de un informático quemao...

De mayor quiero ser como él.

Por lo menos ya estoy en camino: haciendo cursos y entrevistas de trabajo para el sector informático. Ah, pero los muy cerdos no se toman a bien eso de que uno tenga un curriculum variado, conocimientos diversificados, alma polifacética, no... Para ellos estás un poco disperso, has ido dando tumbos o "no te gusta la informática"... ¿Cómo que no? ¿Se refiere a aquella? ¿la que está sentada al fondo? Está bastante buena, con esas gafapastas, preséntemela.

--No es la informática, es la directora general, que está controlando a su hija por web cam. Queda usted despedido.

--Pero si no han llegado a contratarme.

--Por si acaso.

Así que de ahora en adelante mandaré a las empresas la siguiente carta de presentación:

Estimados Sres:

Adjunto a esta carta les remito mi curriculum vitae. En él pueden observar que mi trayectoria académica y laboral es muy variada, algunos dirían que errática; sin embargo, desde una óptica más positiva habría que decir que se trata de una formación integral o, cuanto menos, polifacética. Y es precisamente atendiendo a esta característica, que supone una gran capacidad de aprendizaje y adaptación, por lo cual me desenvuelvo perfectamente en entornos laborales en los cuales haya que desemplear tareas de índole muy variada, desde el minucioso trabajo con ordenadores al trato con las personas, pasando por la realización de estudios y la organización de eventos.

Así pues, quedo a su disposición por si tuvieran alguna plaza vacante en un puesto de tales características. Absténganse de proponerme trabajos tediosos, repetitivos y mal pagados.

"...Maneras de vivir!!!"

Va por ti, Joaquín.

24 de febrero de 2008


Saliendo por patas


Había quedado yo ayer con una amiga para ver en mi casa una película, aunque fuera otra la película que me interesara; sin embargo fue una tercera película la que me contó cuando tras esperar 20 minutos decidí llamarla por ver si se había equivocado de salida. No, al parecer simplemente había perdido el bonometro, no tenía saldo para llamarme ni podía hacer uso del teléfono de su familia. En fin una tarde que empieza así no puede acabar bien.

Decidí, entonces poner en marcha el plan B: irme a una fiesta que hacía el recién creado Frente de Izquierdas en un local del Barrio del Pilar. Como podéis imaginar la fiesta fue un fracaso, ya que no se observó la primera regla del buen Party Manager (gestor de fiestas): "toda fiesta que pretenda conseguir un mínimo aceptable de personal ha de estar situada en un local dentro de la almendra central madrileña, es decir, entre la Castellana, Princesa, Cuatro Caminos y Embajadores". Bueno, para ser justo diré que yo tampoco conocía a mucha gente y aunque son gente maja me sentía un poco fuera de lugar; inadaptado, fue el calificativo que me endosó mi amiga Olga, la única que conocía en la fiesta. Tampoco se observó el segundo mandamiento: "procurarás alimentos de consistencia a tus invitados, nada de patatitas, cortecitas ni chorradas varias", razón por la cual tuvimos que salir a comer unas raciones al bar más cutre de todo el Barrio, una mezcla entre bar y charcutería poblada por irreductibles borrachos y cocainómanos. Volvimos al local, pero yo no entré; tras el segundo fracaso de la noche puse en marcha el plan C.

Llamé a mi colega Raúl que andaba recogiendo restos humanos por las calles de Madrid (trabaja en el Samur, Summa, 112, yo qué sé...) y que había quedado para ir a un concierto en el que se recaudaban fondos para una protectora de animales. El grupo era Factor 19, pero cuando llegamos (0:00) el concierto ya había acabado. La asociación en cuestión no era una protectora de animales en general, sino de gatos en particular, y las organizadoras no paraban de intentar vendernos el calendario que habían hecho; en él salían unas cuantas de ellas desnudas con gatitos en brazos, todo muy simpático y sensual. Y allí estuvimos hablando con Marzo. Posteriormente nos trasladamos a Moncloa (siempre dentro del plan C) a casa del hermano de Raúl y su mujer, una de las organizadoras y la que más se empeñaba en colocarnos el calendrajo. En dicha casa nos tomamos un cubatilla y nos echamos unas risas con las historias de esa familia, muy surrealista, por cierto. Yo estuve jugando con el gato, dándole salchichón para gatos (que está hecho de anchoa) y haciéndole de rabiar; hoy me he levantado con la mano llena de arañazos.

Llegaron las tres de la mañana y decidimos abandonar la casa e irnos a nuestras respectivas moradas. Pero claro, no quise coger el coche después de los cubatas, así que me fui andando hasta casa, como una de tantas noches en mi vida; de Moncloa hasta Estrecho.

Cuando camino por la calle un poco colocado siempre suelo volverme algo paranoico, desconfío de todo transeúnte del género masculino... Como si del femenino no pudiera llegar el mal (cachis, este paternalismo machista)... Ahora bien, es una cuestión curiosa la relación entre, por un lado, el bien y el mal (o la interpretación que nosotros hacemos en términos bueno/malo de lo que acaece), y por otro el azar y la voluntad. En términos estadísticos, aunque no sé si existen estadísticas al respecto, podría decirse que lo malo (casi) siempre llega a nosotros en forma de accidente azaroso (una enfermedad, un mal encuentro...), mientras que el bien suele ser producto de un proceso más o menos largo guiado por la voluntad. Con esto no quiero decir que no haya buenos sucesos azarosos (que te toque la lotería o que se enamoren de ti a primera vista), ni procesos voluntarios que lleven al desastre (una mala alimentación, unas malas compañías...). Pero lo general es lo otro.

Pues ayer me topé con tres chavales que caminan por la senda que conduce a su perdición. Caminaba yo por el parque que hay al final de la calle Jerónima Llorente, al lado de un viaducto del Canal; es un parque que produce un efecto en mi organismo: me produce ganas de orinar. Esto probablemente se deba a la cantidad de años que he pasado por él de vuelta a casa después de las fiestas por Moncloa; cuando llegaba a su altura no podía aguantarme más y entre sus sombras me aliviaba. Ayer por suerte, o porque lo hice antes de salir de la casa, no tuve que detenerme en el parque. De todos modos, si lo hubiera hecho quizá no me hubieran visto.

Llegando, entonces, a la mitad del parquecillo (que tampoco es muy grande), como a cien metros vi a tres sujetos que se marchaban en otra dirección, pero se pararon y volvieron sobre sus pasos, lo cual ya me hizo sospechar (aunque, la verdad, como ya he dicho, hubiera sospechado de cualquier bicho viviente... con dos patas, los de cuatro no suelen dar problemas). Yo seguí mi camino. Las trayectorias de ambos cuatro (yo y los otros) terminarían por cruzarse (más o menos en ángulo recto), aunque esperaba que se sentasen en las gradas del frontón. De todas formas yo también me lo busco: cuando vi que se daban la vuelta calculé las trayectorias y pensé que si me pillaban (en el supuesto de que fuesen a pillarme) donde se juntaban las mismas estaba jodido. El lugar en cuestión está justo enfrente de la Dirección General de la Policía, sin embargo, el parque queda detrás del viaducto, con lo cual la visibilidad desde la calle es reducida por los arcos; ahora bien, el frontón queda totalmente oculto, ya que a esa altura no hay arcos en el viaducto; en ese punto justo comienza una empinada cuesta; el lugar es solitario, idóneo para darte el palo y/o darte de palos. No obstante, lo que no puedes hacer en tu vida es caminar con miedo y darte la vuelta por cada persona o pintillas que veas; yo he sido un pintillas y la mayoría de pintillas son buenas personas. Hay que enfrentarse a las situaciones y no demostrar miedo, es como con los animales. Así que continué mi camino.

Cuando vi que no se sentaban en las gradas supe que tendría problemas. En realidad no lo supe, lo imaginé, ya que no puedes saber lo que va a ocurrir antes de que ocurra. Los chavales simplemente podían ir en mi misma dirección. Cuando vi que no se sentaban también sabía que tenía espacio suficiente para salir corriendo, es decir, que no me habían cortado la salida. Pero si se hubieran estado calladitos me hubieran cogido, ya que racionalmente yo no tenía motivos para huir, sin embargo, les perdió la boca. Caminaban algo deprisa, eran tres adolescentes sudamericanos (creo); cuando estaban a cuatro metros, más o menos, y sin pararse me pidieron dos euros; les dije que no tenía, pero no se pararon; entonces, cuando se encontraban solo a dos metros de distancia, eché a correr cuesta arriba. Salieron corriendo detrás de mí, pero no me persiguieron más de diez o veinte metros, probablemente estaban borrachos. Me paré (la distancia había crecido en diez o quince metros) y les miré sin decirles nada, aunque estaba tentado de decirles algo o enseñarles mi dedo corazón; vi que se daban la vuelta y caminaban cuesta abajo, entonces volví a caminar lentamente en mi dirección. Cuando volví a mirar hacia atrás vi que estaban corriendo otra vez hacia mí, así que volví a correr.

Estaba tentado de mantener esa situación que tanto jode a los que te persiguen con ira y no pueden alcanzarte: esa en la que te paras a cierta distancia y miras desafiante, pero en la que vuelves a correr cuando el enemigo se lanza a por ti; vamos, el típico recochineo, "venga, vamos, ven aquí si tienes cojones", les dices, y por supuesto que los tienen, que para eso son muy machos, y vuelven a por ti; lo que no tienen son piernas suficientes para alcanzarte. Pero no lo hice, todavía me duele la costilla del último accidente en la montaña y yo también había bebido (aunque la adrenalina te quita el pedo en un segundo); tampoco quería tentar a la suerte, ya la había tentado demasiado. Así que continué corriendo un par de calles más sin dejar de mirar atrás.

No sé si querían robarme o darme una paliza, probablemente ambas cosas. Lo jodido del asunto es que si no llego a ser yo, hubieran pillado a otro, de hecho puede que lo hicieran: eran las cuatro de la mañana y podrían coger a otro incauto borrachuzo. O si hubieran concurrido otras circunstancias podría haber sido víctima de sus maldades.

En fin, es el típico problema de los adolescentes marginales. Da igual que sean sudamericanos, magrebíes, subsaharianos, gitanos o españolitos; el problema es la gilipollez y bravuconería adolescente unida a cierta marginalidad. Todos hemos pasado por ello, lo cual no quita que se merezcan un escarmiento cuanto antes para que se enderezcan, que les partan la cabeza, por ejemplo. Sé que suena un poco nazi, pero a esas edades las razones que les puedas dar son "las razones del sistema", "las razones de los mayores", "las razones de los ricos"; o simplemente se la sudan las razones.

Por supuesto nada de denunciarlo a la madera; ¿para qué? para que te tengan allí hasta las seis y luego nada, pues no hubo delito, sino intención. Otra cosa es que hubiera pasado por allí una patrulla y les hubiese llamado; aunque apostaría cualquier cosa a que no me harían caso.

En fin, todo quedó en eso, en una carrerita nocturna.

9 de enero de 2008


Amor, guerra y labores domésticas

No, no voy a tratar aquí de cómo una perfecta relación de pareja puede irse a la mierda por cuestiones tan nimias como quién baja la basura, hace la cena, o le limpia el culo al gato. De eso hay gente entre vosotr@s, lectores-as, que sabe mucho más que yo.

Quiero ir más allá, al fondo de la cuestión... O a los orígenes, más bien, de todo este asunto, el asunto de la tradicional distinción entre labores masculinas y labores femeninas.

La idea de este articulillo me ha venido tras pasarme varias mañanas o tardes cosiendo un par de pantalones a los cuales les había salido un conducto de aireación genito-femoral. Vale que soy un cutre y no tengo una Singer para realizar la tarea como mandan los cánones de la alta o media costura, useasé que lo mío es a golpe de dedal y aguja... Más mérito si cabe, ¿no? (el caso es que la madre de la novia de mi hermano sabe coser a máquina, su hija no, de modo que podría darme unas clasecillas cuando venga a Madrid). Pues bien, al igual que lo de fregar los platos a mano, coser es una tarea que no sólo no me disgusta, sino que me encanta... El problema es que siempre hay algo más importante o más urgente que hacer (como escribir esto mientras veo el pantalón con la aguja colgando; lleva al menos 5 días así, encima de la mesa, y ya me he pinchado dos veces), salvo que se te caiga el botón de la camisa o pantalón que te ibas a poner; entonces saco rápidamente los aparejos de costura y en un tris-trás coloco el botón en su sitio.

Soy consciente de que en este aspecto soy uno de los pocos hombres... No, de las pocas personas de mi generación (europeo treintañero) que sabe coser, o más bien que no tiene miedo al hilo y aguja, ya que los resultados podrían dejar que desear a ojos perfeccionistas. Y es que ya se ha perdido en nuestra sociedad el noble arte del remiendo y baja costura, no solo como labor doméstica, que es de lo que estoy tratando, sino como negocio: son testimoniales las casas en las que se realizan arreglos de prendas, así como arreglos de zapatos. Por supuesto, esto es una consecuencia del consumismo desaforado que llevamos viviendo desde que entramos en la sociedad o estado del bienestar: si tiramos las prendas pasadas de moda, es decir, las de la temporada anterior, ¿cómo no vamos a tirar ese pantalón o camisa a la que se le ha caído un botón o se ha descosido? Porque, claro, no es lo mismo un roto que un descosido: mientras que el descosido es síntoma de baja calidad de la prenda, el roto puede ser signo de distinción si está hecho adrede, es decir, si uno mismo o una misma jode la prenda para dejar ver algo de carnucia.

Los que me conocéis ya sabéis que llevo muchos años en esto del anticonsumismo; siempre os quejáis de que me conocéis con la misma ropa de hace quince años y en mis cumples me surtís de nuevos modelitos, gracias a lo cual ahora voy casi a la moda (camisetas estrechas de manga larga, jerséis de cuello alto, etc, etc). De aquí podría deducirse que mi afición a la costura viene de la necesidad que tengo de conservar las prendas para mantener una posición ideológica, un modo de vida. Pues no es así, pero lo cierto es que ambas cuestiones confluyen y se realimentan. Mi afición por la costura es anterior al anticonsumo, probablemente me venga desde los once o doce años, mientras que mis posiciones políticas nacieron a los 17 ó 18 (tras varios años de escuchar heavy metal y descubrir, entonces, a La Polla Records).

Pero la cuestión inicial era: ¿por qué existe una diferenciación sexual de los trabajos, entre ellos los trabajos domésticos? Los antropólogos tienen teorías para todos los gustos, teorías que se encargan de desmontar las antropólogas feministas, obcecadas como están en que todo es producto del patriarcado, una especie de conjura masculina contra el género femenino. Levi-Strauss y sus seguidores, aparte de considerar a las mujeres como moneda de cambio entre clanes, considera que la distribución sexual de tareas se debe a la necesidad de instaurar algún tipo de norma para mantener unida a la familia nuclear y perpetuar, de ese modo, el clan, la tribu, etc.: si realizar alguna de las tareas básicas para la subsistencia es tabú para un género, dicho género habrá de unirse con el otro y realizar, cada uno, sus tareas; unos se dedicarán a la caza, la política y la guerra, otras a la agricultura, las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. Aunque bien es cierto que esto se da ya en el neolítico, mientras que en el paleolítico la cosa podría ser diferente: no hay agricultura, está demostrado que las mujeres participaban en la caza mayor (por lo menos como batidoras), el concepto de familia es más débil...

El caso es que prácticamente en todas las sociedades, a partir del neolítico se establece esa distinción: las mujeres en casa y los hombres en el negocio y en la guerra. Hay, no obstante, un tipo de labores domésticas que tradicionalmente han sido asumidas por los varones: el bricolaje. ¿Razón? Ni idea. No puede argumentarse que sea por cuestiones de fuerza, como mucha gente sostiene la otra diferenciación: es decir, que los hombres se dedicaban a la caza o a la guerra porque en dichas actividades se requiere más fuerza (como si no se requiriese para labores agrícolas, para llevar el cántaro a la fuente y volver con él lleno de agua, etc, etc). Y es que para levantar un martillo o cambiar una bombilla... Claro que en lo de la bombilla puede intervenir el miedo: el macho es valiente y puede enfrentarse a los 125 o 220 voltios, mientras que quizá suponen que las mujeres no. A mí particularmente me da pavor todo lo que tenga que ver con voltios, ohmios y amperios desprovistos de una gruesa capa de material aislante, pero tampoco creo que dicho miedo tenga que ver con la eficacia de mis incursiones en materia de electricidad (una de las últimas veces logré estropear una bombilla y saltar 3 veces el diferencial al intentar cambiar el casquillo del flexo de mi mesa de trabajo). Vale que lo de segar el césped y mantener uniformes los setos de arizónicas en los típicos chaletes de las urbanizaciones tenga que ver con la puesta en escena del varón: es algo que se hace los fines de semana y uno ha de dejarse ver por los vecinos como un hombre hacendoso (pero, bueno, esto es más bien una cosa norteamericana); es igual que en las barbacoas: si la mujer es la encargada de hacer la comida en casa todos los días, ¿por qué el hombre usurpa su lugar en la barbacoa? Porque se trata de un acto social (en el que vienen amigos, familia...) cuyo centro es la comida, una comida elaborada de un modo más bien primitivo, y cuyo sacerdote es, entonces, el varón; el varón ocupa el centro de atención.

Sin embargo, dentro de la casa no hay puesta en escena. Quizá lo del “miedo al martillo” tenga que ver con la posibilidad de estroparse las uñas, machacarse un dedo, hacerse un corte. Pero tampoco en la cocina se está exento de tales percances. La verdad es que la cuestión es demasiado compleja como para intentar solucionarla aquí. Afortunadamente son cosas que van cambiando, aunque poco a poco, de modo que las tareas, tanto domésticas, como laborales, como (lamentablemente) bélicas, van siendo asumidas indistintamente por hombres y mujeres.

A este respecto es muy interesante la película “La chica del puente”, de Patrice Leconte, ya que se trata del encuentro entre dos personas que simbolizan el “eterno femenino” y el “eterno masculino”, el amor y la guerra, de modo que están condenados a no entenderse. Sólo pueden llegar a hacerlo (entenderse) cuando el hombre relaja su “instinto guerrero” y acepta el amor y, de igual modo, la mujer acepta penetrar en los terrenos de la guerra, asumiendo que el amor pueda venir de cualquiera, no de un modelo prefijado.

Probablemente muchas de las tareas domésticas asignadas a la mujer tengan que ver, precisamente, con el amor y el cariño, los cuidados, que ha de prodigar una madre a sus hijos (y, ¿por qué un padre no? ¿verdad?): hacerles la comidita, tejerles la ropita, etc, etc.

Sin embargo, a mí lo de tejer me tiene intrigado, ya que, en realidad se trata de una tarea antropológicamente transversal a ambos géneros: la mujer parece evidente que hubiera de coser... Bueno, en realidad la cosa no es tan evidente, porque puede parecer muy fácil coser una prenda de algodón relativamente fina; no es tan fácil hacerlo con una prenda sintética cuya urdimbre sea muy tupida; pero seguro que era una tortura coser pieles, y la fuerza que se habría de tener no la tienen muchos hombres de ahora, acostumbrados, como están, a manejar los teclados de los ordenadores (aunque tampoco hay que menospreciar el trabajo masturbatorio al frente de los mismos). Pero también en la guerra y en la caza el hombre debía poseer las habilidades necesarias para hacerse un remiendo o coserse un descosido... Claro que... Para que un hombre hubiera de llegar a tal extremo el roto o descosido debería producirse en alguna parte esencial del equipo, básicamente en la mochila o en alguna cincha, ya que si se produce en la ropa o uniforme, le da todavía más caché e importancia a su labor: “mujer, cóseme esto, que me he enganchado en unos zarzales acechando al jabalí” o “mamá, cóseme esto, que se me ha roto al arrastrarme por la pista americana y si me ven así el lunes, me arrestarán”; esto último lo podrían hacer los militronchos que estaban al lado de su casa; pero nosotros, los valientes legionarios destacados en Ceuta... Teníamos toda una floreciente industria de pequeñas empresas dedicadas a las labores textiles para el soldado: “lavandería y remiendos”, “uniformes de ocasión”... A pesar de todo la gente cosía. ¿Y te daban clases de costura? Ni hablar, como si hubieras de ir enseñado (que sería lo lógico, que te enseñara tu madre... o tu padre); te enseñaban los compañeros. A mi no, que ya sabía.

Pero tampoco a mí me enseñó mi madre, ni mi abuela, las dos personas de las que aprendí a coser. Aprendí de ellas de un modo vicario, fijándome. Ahora bien, lo importante del asunto, lo importante de todo esto, es el origen de mi afición. Si me habéis seguido hasta aquí os habréis dado cuenta que he situado dos posibles orígenes en la necesidad de coser, uno para cada género: los cuidados maternos y conyugales para las mujeres y los remiendos militares para los hombres. Sin embargo, yo era un pequeñajo imberbe... cuando... Joder, imberbe seguro, pero con bigote... Recuerdo que sería más o menos a los doce años cuando me empezó a salir bigote, qué tortura: “Ay, mi niño, que ya se está haciendo mayor”, me decían mis tías, “fíjate, si hasta le ha cambiado la voz”, decían los amigos de mis padres. Y yo no quería hacerme mayor, quería seguir viendo los dibujos animados y seguir masturbándome dentro del armario (armario literal, mueble de madera o contrachapado cutre)... En fin, la verdad es que poco ha cambiado desde entonces, matices, salvo que ahora me afeito. Como decía, entonces, yo era un gafotas pequeñajo, imberbe y bigotudo cuando aprendí a coser, mucho antes, pues, de pasar un año en las filas del Glorioso Ejército Español (jua, jua). ¿Cómo diablos aprendí a coser? ¿Dónde están los orígenes de mi habilidad costurera? ¿En la guerra a la que no había ido? ¿En el amor por unos hijos que no tenía, desperdiciados entre las cajas de herramientas de mi abuelo y las de zapatos de mi abuela?

Claro, así formuladas, tales preguntas pueden llevarnos a un camino sin salida, una paradoja o una aporía (que nunca me ha quedado clara la diferencia); pero si relajamos el significado de los términos, si penetramos en el dominio de lo simbólico daremos con la solución: LA GUERRA.

No es que yo fuera de pequeño un demonio con gafas y bigote, pero sí me gustaban los comics, los cuales, a finales de los 70 y principios de los 80 trataban fundamentalmente de superhéroes, no como ahora que tratan de la revolución iraní (“Persépolis”) o la guerra de Bosnia (“Gorazde. Zona Protegida”, otra ZP)... Aunque, a la postre todo trata sobre la guerra, que es a lo que íbamos. Bueno, al caso: los que más me gustaban eran los tebeos de bárbaros, como Conan, piratas y ninjas, es decir, aquellos en los que no se disparaba mucho, sino que se empleaba el cuerpo a cuerpo (por entonces ya llevaría un par de años haciendo Aikido en gimnasio de los Salesianos). Pues bien, estos gustos de preadolescente hicieron que empezara a acumular objetos cortantes, punzantes y/o contundentes: shuriken (estrellas ninja), nunchakus (vulgarmente “luchacos”), manriki-gusari (cadena vulgaris con pesos en los extremos)... Y, aquí viene el quid del asunto, necesitaba algún tipo de funda para todos o cada uno de esos objetos. Evidentemente el primer impulso fue pedirle a mi madre o abuela que me hicieran unas fundas de tales y cuales dimensiones, pero yo, que casi siempre he pensado en la consecuencia de mis actos (salvo cuando hay que actuar rápidamente, que entonces la cago, lo cual no significa que cuando piense no la cague, va a ser todo un problema de diarrea mental), me abstuve de semejante petición inculpatoria, pues revelaría la posesión de armas blancas adquiridas alegalmente y, sobre todo, sin consentimiento paterno... Por cierto, el otro día me regalaron por reyes un juego de katanas; fue toda una sorpresa; se las llevé a Mirguav para que me hiciera unas fotos con ellas pero llegué tarde y lo dejamos para otro día, pero... Mirguav, tírate el rollo y haz unas fotillos a las espadas para que las vea el personal.

Así que fui yo mismo el que se fabricó las fundas para las armas; tres: una larga y estrecha para los nunchakus, otra pequeña y cuadrada para las estrellas y otra tipo bolsa marsupial para la cadena. Como la cadena la usaba para candar la bici (los pesos eran los candados), me desapareció con ésta y la bolsa marsupial acabó como funda de un ajedrez portátil. Los nunchakus se rompieron intentando destrozar un litro de cerveza en el aire: ya sabéis, tiráis el litro al aire y cuando cae le golpeáis con algo, un palo, un bate o unos nunchakus; el problema es que antes has tenido que vaciar el litro... En tu estómago, por supuesto. Las estrellas las tengo todavía; están decorando los laterales de un espejo de baño colocado en un dormitorio con decoración surrealista (tengo un cuadro de una gitana recogido de la basura, saludos a mi amigo freegano, colocado en una esquina superior, entre las dos paredes y el techo, así, inclinado hacia abajo, como si fuera a caerse encima del que duerme)... Antes era peor, tenía una ikurriña y un poster de los WASP (que nunca supe si significaba “We Are Sexual Perverts” o “White Anglo-Saxon Protestant”)... AAAAAhhhhhhh / blaaaaaaaaaaind / in Texaaaaaaaas... (abajo tenéis unos vídeos).

Esos fueron mis primeros trabajos de costura. Si bien mi obra magna llegó en mi época más macarra y anticonsumista, después de volver de la mili. Tenía un par de vaqueros sumamente maltrechos y me puse a zurzirlos con trozos de los pantalones militares que había robado al ejército (¿no me robaron ellos a mí un año?). Fue una obra maestra: uno de los pantalones fue casi completamente forrado por dentro con otro pantalón, lo cual, todo hay que decirlo los dejaba un poco estrechos; le saqué un bolsillo militar con su velcro, le puse otro bolsillo por fuera; y todo eso cosido a mano. Los trabajos posteriores tampoco son de reseñar, poca cosa... Quizá debiera estudiar corte y confección, convertirme en un modisto, aunque con mis gustos horteras medio heavy, medio Loco Mía...





7 de julio de 2007


¡ Un poco de mano izquierda, por favor !

Desde muy pequeñito aprendí a cortar la carne con la mano izquierda. Me parecía una estupidez tener que cambiar el tenedor de mano cuando había que cortar algo... Salvo, claro está, que el estúpido fuera yo, o mi familia, al no enseñarme que el tenedor se usa siempre (haya cuchillo o no) con la mano zurda; esto es algo de lo que dudo, ahora que me pongo a pensar en ello, pues el tenedor se pone a la izquierda del plato... Tendré que consultar un manual de urbanidad y buenas maneras, creo que por aquí había uno de la Falange...

Por cierto, hablando de Falange... Curioso asunto éste del pacto entre Falange Auténtica e Izquierda Unida en Ardales (Málaga), sobre todo porque nos hace caer en la cuenta de que lo importante son las personas, antes que las ideologías, pero también porque nos hace recapacitar sobre la multitud de matices y diferencias que encontramos dentro de todo aquello que nos propongamos analizar, especialmente las cuestiones humanas, entre ellas las políticas, los partidos, los movimientos... Y si ya nos interesa más, nos pone en contacto con la historia y descubrimos cosas curiosas, como que hubo varias oposiciones falangistas al régimen de Franco, algo que a muchos no interesará, acostumbrados a meter en el saco "fascista" a toda posición política vehemente... Y cierta parte de razón tienen, ya que no faltan personajes que pasan de un lado a otro de las trincheras como Mussolini, Pío Moa, Jorge Vestringe, Dragó, e incluso movimientos enteros como el Partido Carlista (que de conservador pasó a socialista autogestionario, aunque monárquico, por supuesto). Bueno, el caso es que la Falange Auténtica surge, al menos como idea, cuando Franco en 1937 crea el Movimiento Nacional o Falange Española Tradicionalista y de las JONS, unión de los carlistas (tradicionalistas) con FE de las JONS, que a su vez era la unión de Falange y las JONS, ambas de ideología nacional-sindicalista y republicana, es decir, que algo de mano izquierda tienen los chicos. Manuel Hedilla, dirigente a la sazón de Falange, fue condenado a muerte por conspirar contra Franco, aunque luego fue indultado; en los sesenta, con el Régimen más relajado, vuelve a la carga para intentar frenar el avance del capitalismo en España, pobre hombre. Falange Auténtica se proclama seguidora de los principios de Hedilla. Hubo, al menos, otra oposición falangista durante la dictadura, y ésta de mayor eficacia y calado: es lo que se conoce como "el grupo de Burgos", una serie de intelectuales que lucha contra la perversión militarista, católica y capitalista del Régimen, lo que buscaban era un Estado Nacional (Unido) y Proletario; entre esos intelectuales estaban Pedro Laín Entralgo, Torrente Ballester, Luis Rosales, Eugenio D'Ors... Pero bueno, si queréis saber más sobre esto buscad en la wikipedia y en http://www.nodulo.org/ec/2007/n061p11.htm . De todos modos cuidado con lo que leéis, no vaya a ser que, como yo, ya no sepáis dónde tenéis la derecha ni la izquierda.

En cualquier caso no creo que el manual de urbanidad de la Falange dijera nada acerca de lo siguiente que aprendí a hacer con la mano izquierda, salvo que me podría quedar ciego (a este respecto conviene ver el muy instructivo cortometraje de Raúl Atreides titulado Ratones).

Posteriormente intenté aprender a escribir con la zurda, pero resultaba muy trabajoso y el resultado no era tan satisfactorio como el onanismo, así que abandoné mis pretensiones de ambidestreza escolar.

Pasaron muchos años hasta que aprendí a hacer algo nuevo e interesante con la izquierda: ¡un kinder! No, fue al instalar el ordenador en la tienda de mis padres. Por razones de espacio el ratón debía quedar a la izquierda, de modo que o cruzabas el brazo derecho, postura con la que terminabas dolorido, o utilizabas la izquierda, postura con la que terminabas mareado (de tanto seguir por la pantalla a la errática flechita guiada por la no menos errática mano zurda); pero eso ocurría solo las primeras veces, luego te acostumbras... De hecho ahora toda la familia maneja el ratón con la izquierda. Después (o antes, ya no recuerdo, pero es indiferente) aprendí a hacer ramos de flores (la tienda es una floristería), y aprendí a hacerlos con las dos manos, cuando me cansaba de sujetar con un brazo me lo cambiaba. Esto a mi padre le puso de muy mal humor ya que yo siempre me he negado a trabajar en la tienda y, mucho más, a trabajar con las flores (sí, ya sé que es un oficio muy bonito, que las flores son preciosas, etc., etc.), y cuando me puse a ello, ¡hala, con las dos manos, con chulería! Para barrer o fregar también uso las dos manos indistintamente.

...Claro que, ahora que recuerdo... varias veces en el colegio tuve la mano derecha vendada. Una vez me hice una fisura en uno de los dedos al ir a coger un rebote en baloncesto; sí, también sé que no soy muy alto, pero saltaba mucho, me pasaba el día saltando, de hecho, lo que me pasó otra vez fue que salté para colgarme de la barra de un toldo. En la barra ponía en letras naranjas y mayúsculas "PELIGRO, NO COLGARSE", pero las barras de los toldos no son muy anchas, así que ya me diréis lo grande que podía ser el dichoso anuncio. El toldo pertenecía a una tienda de la calle Bravo Murillo, al lado de un antiguo cine de sesión continua (reconvertido en centro comercial) al que la gente guarrilla iba a hacer sus cosillas (nosotros lo descubrimos al ir a ver dos películas, fijaos si me acuerdo por lo que me impresionó, "Doble cuerpo" y... ¿"El ninja blanco"?, esta última con Franco Nero), cosillas que si no andamos listos nos caen encima. Bueno, a lo que iba, pues el HIJO DE LA GRAN PUTA del dueño de la tienda, o sea él, no su hijo (o quizá fue su hijo, me da igual, me cago en los dos), había colocado pinchos en las barras del toldo. Yo, con diez u once años, salté, me agarré y una de las púas se me clavó en un dedo, pero al caer, la púa lo desgarró a lo largo... ¡QUÉ DOLOR! Lástima que en aquellos tiempos (los 80), no estaban de moda las denuncias, el culpable eras tú por colgarte de donde no debes. En fin, poco me pasó, ya que me colgué con las dos manos: de los ocho dedos que utilizas para colgarte sólo uno cayó en púa. Así que a urgencias, gammaglobulina antitetánica, zurcido y para casa con el dedo hecho una porra. Tiempo después me entró la congoja hipocondríaca de si podían haberme pegado el sida con la gammagl...

A decir verdad, no recuerdo si la gammaglobulina me la pusieron esa vez u otra en la que me atravesé un pie con un tornillo que unía las uralitas de un tejado... Sí, como veis casi todos mis accidentes están relacionados con las alturas, menos mal que no me dio por el trapecio... Con las alturas y con la bici; mi abuela, que en paz descanse, decía "Paquito coge bici, Paquito se pega hostión", y no es que me fallara el equilibrio, qué va, es que iba muy deprisa o por sitios muy chungos (otro día os cuento historias de la bici). Esta vez iba a rescatar un balón que se nos coló.

Sí, quizá fuera a través de todas esas veces como mi mano izquierda fue adquiriendo destreza, valga la contradicción, pues "destreza" procede de "diestra", de "saber hacer", pues "las cosas se hacen con la derecha" y se hacen "a derechas", como si los zurdos las hicieran "torcidas". Diversos estudios consideran que solo existe alrededor de un 10% de la población que es zurda. Razón por la cual el mundo está hecho para los diestros, pero lo perverso del asunto es que, sistemáticamente, a lo largo de la historia se ha intentado imponer a los zurdos el uso de la mano derecha. Pero al ser una característica fisiológica en la que el hemisferio derecho es el dominante, frente a los diestros, en que el dominante es el izquierdo (bueno, hay polémica sobre el asunto, porque al parecer no todos los zurdos poseen una lateralización cruzada), al tratar de forzar a una persona zurda a hacer las cosas con la derecha nos vamos a encontrar con ciertas reticencias y cierta torpeza por su parte (como cuando a los diestros nos obligan a hacerlo con la izquierda). De ahí que, precisamente, tanto "zurda", como "izquierda", sean palabras que, en su origen euskaldún signifiquen "inflexible, pesado" y "mano equivocada" respectivamente.

Es decir, que la izquierda se asocia con el error, la torpeza. ¿Y qué decir del equivalente latino, siniestra? Indica el lado oscuro, el reverso tenebroso de la fuerza, concepto que en la tradición judeocristiana está emparentado con el error, el error que comete Luzbel al pretender ser más grande y brillante que Dios, el error que le condena a ser el príncipe de las tinieblas. En el día del Juicio Final Dios sentará a su derecha a los justos y a su izquierda a los pecadores... La justicia... Sus procedimientos se estudian en la carrera de Derecho, no de Izquierdo. Lo derecho es lo justo, lo recto, lo que se encamina al bien, lo siniestro es lo opuesto. Curiosa forma de pensar la de los latinos... Siniestra, diríamos, pues a los zurdos durante la edad media se les consideraba endemoniados, de ahí que hasta hace bien poco a los niños zurdos se les quisiera enseñar a usar la derecha... Y todo ello a pesar de que los guerreros zurdos eran muy apreciados en los ejércitos, pues podían atacar por la izquierda a sus oponentes. Así pues, se asocia la izquierda (incluso la política) con lo siniestro, oscuro, equivocado, malvado, mientras que la derecha se asocia con la claridad, la luz, la verdad y la vida... Por eso Cristo se sienta a la derecha del Padre... Lo que no entiendo es por qué a los toreros se les denomina "diestros", cuando son más siniestros que otra cosa, por muy bien que lo sepan hacer.

Pues bien, como ya sabéis, hace un mes más o menos, me levanté con el pie izquierdo... Por cierto, cosa que siempre hago, ya que mi cama está a la derecha de la habitación y si quisiera levantarme por el otro lado me daría con la rodilla derecha en la estantería. Nos fuimos al campo y mi mala pata resbaló sobre la piedra, de modo que se me salió el hombro derecho (pero todo esto lo cuento en El Purgatorio). La cuestión es que a partir de entonces tuve que empezar a hacer las cosas con la mano izquierda, ya que la otra estaba en cabestrillo. De hecho, aunque ahora ya me lo han quitado y escribo con las dos, este artículo empecé a escribirlo con una sola mano, lo cual es un coñazo... Bueno hoy toca hablar de lo diestro y lo siniestro en tanto que dualidad maniquea, pero esta dualidad también existe en los órganos genitales: ¿qué preferís, algo que sea "la polla" o algo que sea "un coñazo"? Y no es que yo pretenda que cambiemos el uso del lenguaje, pero sí que podíamos hacernos más consciente de por qué decimos lo que decimos, de dónde procede el uso de las palabras, etc. Otros y otras pensarán distinto, suscribiendo aquello de Nietzsche (creo), "temo que no vamos a librarnos de Dios, porque aún continuamos creyendo en la gramática". Y no es que carezcan de razón, es que simplemente resulta muy cansado, como lo de andar poniendo continuamente os/as. Yo lo hago sólo de vez en cuando y que me perdonen las que se sientan ofendidas.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Todo he tenido que hacerlo con la izquierda. Desde afeitarme y lavarme los dientes hasta escribir alguna cosilla. Y lo curioso del asunto es que me ha resultado bastante fácil apañarme, salvo para cosas en las que necesitara de las dos manos... A decir verdad había algo que me resultaba difícil, algo simple, pensaréis: limpiarme el culo. No sé por qué y tampoco entraré en detalles por deferencia a las almas sensibles y poco dadas a la escatología... Por cierto, otra palabra, "escatología", que no podemos perder de vista, ya que posee una doble raíz griega, una que alude a la función fisiológico-excretora y otra que alude al más allá, pero claro, ¿quién no encontraría metáforas y metonimias entre dichos conceptos, aparte del ya consabido "el más allá es una mierda" o "más allá solo hay mierda"?

Continuando con la fisiología neurológica parece que el lado izquierdo del cerebro es el que está implicado en las funciones del pensamiento lógico-matemático y lingüístico, mientras que el hemisferio cerebral derecho controla funciones como «la visión y la memoria visual, el sentido espacial, la apreciación de la forma y del color y la creatividad [...]

«Hay muchas teorías sobre cómo ser zurdo afecta a cómo piensa una persona. Una divide a los pensadores zurdos y diestros en dos campos: simultáneos visuales y secuenciales lineales. Aunque no sabemos completamente cómo funcionan los distintos sistemas del cerebro humano, de acuerdo con esta hipótesis, las personas diestras procesan la información de manera "secuencial lineal" en el que un esquema debe completar su procesamiento antes de que se pueda comenzar con el siguiente.

«En cambio, los zurdos procesan la información con "simultaneidad visual", modo en el que varios esquemas se procesan simultaneamente.

  • Un ejemplo para entenderlo es imaginar que hay mil palomitas de maíz, una de las cuales está coloreada de rosa. Un diestro mirará una por una las piezas hasta encontrar la coloreada de rosa, mientras que el zurdo extenderá todas, mirará visualmente al conjunto de palomitas y verá que una es rosa.

«Un efecto lateral de estos modos de procesar la información es que los diestros necesitan completar una tarea antes de empezar la siguiente. A los zurdos, en contraste, les conforta cruzar varias tareas, para lo que tienen mayor habilidad. Esto les hace aparecer (a la mayoría diestra) como si no terminasen nada. Alternativamente, los zurdos tienen una excelente habilidad multitarea, lo que quizá esté en el origen de las anécdotas que sugieren que son más creativos.

«Las personas diestras procesan la información usando el "análisis", que es el método de resolver un problema descomponiéndolo en piezas y analizando estas una por una. En contraste, los zurdos procesan la información usando "síntesis", en donde se resuelve un problema como un todo, intentando usar un método de relaciones para resolver el problema.

«Finalmente, ser zurdo no es un "todo o nada". El estilo de procesamiento opera como un contínuo donde algunas personas son más "visualmente simultáneas" y otras son más "lineales secuenciales".

«Aun cuando el lado derecho del cerebro controla principalmente el lado izquierdo del cuerpo, y el lado izquierdo del cerebro controla, en gran parte, el lado derecho del cuerpo, el hecho de ser ambidextro indica que las dos mitades del cerebro no han llegado a estar tan completamente especializadas como lo están en los individuos diestros» ("Zurdo", Wikipedia).

Entonces según todo esto, teniendo en cuenta que se me da muy bien hacer cosas con la izquierda, teniendo en cuenta que tengo una muy buena visión espacial, al menos eso decían los test que nos hacían de pequeños, cuando teníamos que entrar en la mili o en alguna empresa, por cierto, nada que ver con llevar gafas o no; considerando que me manejo bien tanto en las matemáticas como en el lenguaje (por lo menos el escrito), y hasta que poseo una cierta creatividad (¡Baja Modestoooo!)... Considerando todas estas cosas, quizá sea yo una de esas raras personas ambidiestras cuyo cerebro no ha terminado de lateralizarse, como antes de los diez años... ¿No habré terminado de crecer? ¿Por eso sigo en casa de mis papis a mi edad? Las dudas me asaltan.

Así que entre tanto usar la izquierda para cosas que hacía con la derecha, de tanto leer cosas de la Falange que parecen del Partido Comunista, de ver cómo regímenes y grupos comunistas se vuelven fascistas, yo ya no sé dónde tengo la derecha ni la izquierda, giro en un vórtice sin puntos cardinales, sin referencias, no sé dónde estoy, no sé dónde voy y acaso sepa quien soy, acaso nunca lo haya sabido.

En fin, crisis de personalidad hemos tenido todos alguna vez, ¿no? Supongo que la lectura de "Dr. Jekyll y Mr. Hyde" no tendrá nada que ver.



Barricada - Con el...

15 de junio de 2007


El Purgatorio







Iron Maiden - Purgatory



Pensaba en un viejo sueño
lugares que nunca vi
Fantasías vividas en otros tiempos.
Mi cerebro se derrite por el suelo


Mi mente volará sobre las nubes para siempre
no entiendo por qué
Mi cuerpo intenta abandonar mi alma
¿O soy yo? No lo sé
Renacen memorias del pasado
Y la sombra nublada del futuro
Algo aprieta mi cabeza
Seré guiado a través de la oscuridad


Otro tiempo, otro lugar

Otra sonrisa en otra cara
Cuando me ves flotando a tu lado
Sientes que todo mi amor te pertenece.


Por favor llévame lejos, llévame lejos, muy lejos de aquí.

(Purgatory, Iron Maiden)




Pues sí, uno suele pensar que las canciones de sus ídolos son profundas, mas no tanto que resulten incomprensibles, pero claro esto es lo que pasa cuando uno intenta traducir las letras: se produce el desvelamiento y lo que se descubre es otro velo más tupido, cuando no algo verdaderamente estúpido. Mejor quizá nos valdría no enterarnos de nada y quedarnos con el “Zinquinof aneichol drim, pleisisai jav nevasín”... Pensaba yo, al menos, que esta canción tendría algo que ver con el purgatorio dantesco, pero no. Bueno, de todos modos tampoco resulta tan complicada, suponemos que se trata de alguien que purga en sueños sus pecados y pretende redimirse a través del amor; estaría Steve Harris sensible en esta época, enamorado.

La Divina Comedia de Dante, en cambio, sí que resulta profunda, ya que entre otras cosas recoge toda la tradición cristiana acerca de los pecados capitales y su modo de castigarlos en el Infierno o limpiarlos en el Purgatorio. El Purgatorio dantesco consiste en una montaña que lleva al Cielo, pero para ascender por ella se ha de recorrer un sendero en zig-zag; tras cada curva del camino se accede a una plataforma en la que se purgan los pecados de aquellos que no han ofendido al Espíritu Santo, pues los que lo han hecho se quedan abajo, en el Infierno. En el primer rellano limpian sus pecados los soberbios y lo hacen bajo grandes piedras que han de acarrear con la cerviz baja como símbolo de la humildad que debieran haber mostrado en vida. En el segundo purgan los envidiosos con alambres que les cosen los ojos, pues es la vista el sentido que induce a este pecado deseando los bienes del prójimo. La ira se limpia en el tercero tras pasar un tiempo entre tinieblas, una densa nube de humo negro que simboliza la ceguera temporal en que nos encontramos cuando somos presos de nuestros arrebatos violentos. Tras el cuarto giro están los acidiosos (término culto latino para denominar a los perezosos) que purgan sus pecados echando carreras o yendo de allá para acá con prisas y sin detenerse nunca. En la quinta plataforma está la avaricia representada en forma de loba, en forma de ente devorador, pero no me queda claro cómo los avariciosos purgan aquí sus penas, si son devorados por la loba, si se convierten en ella; Dante fue poco preciso en este punto. Los golosos, en el sexto rellano de la montaña, padecen hambre y sed ante alimentos que no pueden tocar y, finalmente, tras el séptimo giro, purgan la lujuria aquellos que a ella se abandonaron en vida, y lo hacen en el fuego, como fuego es el deseo que incita a este pecado.

Pues bien, no es que yo sea un dechado de virtudes, probablemente tenga pecadillos de todas estas layas, lo que no sé es cuál de ellos estoy purgando ahora.

Existe un Purgatorio real, no imaginario, a casi 100 km. de Madrid; es uno de los sitios más bonitos de la Sierra, cerca de Rascafría. Lo cierto es que se trata de una zona imbuida de espiritualidad y/o mitología cristiana. Tenemos el Monasterio del Paular, donde viven siete monjes que te cantan Vísperas (¿o Completas? Perdonad mi ignorancia) los domingos por la tarde, a eso de las ocho. Justo enfrente está el Puente del Perdón, del s.XVI, sobre el río Lozoya, pero de nada me sirvió cruzarlo... Salvo que lo cruzara al revés, claro, entonces en vez de perdonarme se me condena. Un poco más arriba están las Presillas, una serie de tres piscinas naturales, o sea, dique artificial pero agua sin tratar, que baja directamente de La Morcuera y sus explotaciones vacunas en lo que se llama Arroyo del Aguilón; este sitio se pone hasta arriba de domingueros, pero está muy bien cuidado, con césped, chiringuito y aparcamiento vigilado, guías del ayuntamiento que vigilan el aparcamiento, no tu coche (por 4 o 5 euros). Es un buen sitio para darte un baño a la vuelta, a las siete de la tarde cuando ya no queda nadie, y quitarte toda la mugre del día.

Siguiendo el curso del Aguilón hacia arriba, a unos 5 km. llegaremos al Purgatorio. Se trata de una falla (cuya orogenia no tengo ganas de buscar ahora), lo cual, si habéis permanecido atent@s al relato de Dante, da razón de su nombre. Esta falla corre lateralmente al arroyo (o más bien viceversa) en una especie de cañón muy vistoso, con buitres y todo. Corre lateral... Hasta que se cruza y, entonces, el arroyo forma una cascada (o dos, más bien): “La Cascada del Purgatorio”, que es como oficialmente se conoce a este sitio. Llegaremos, pues, a una especie de plataforma de madera puesta allí por la oficina de turismo de Rascafría en colaboración con Protección Civil: Turismo la ha puesto para que contemplemos a gusto las maravillas de la naturaleza, Protección Civil para que creamos que hemos llegado al final, para que no sigamos buscando maravillas y terminemos partiéndonos la crisma, ya que aquí comienza el auténtico Purgatorio: la verdadera cascada está más allá; no se ve desde la plataforma; o das un rodeo con inclinaciones de 45º purgando tu pereza o purgas tu miedo y tu vértigo por las rocas; yo suelo optar por la segunda opción, salvo que alguien se ponga muy cabezón, lo que ocurre es que ese alguien también suele ser adicto a la pereza. Y llegamos, por fin, a la Cascada, que tendrá unos seis metros de altura, nos sentamos en una lancha a contemplarla durante un rato y nos preparamos para afrontar otro reto a la pereza, pues la falla no se puede salvar escalando, al menos sin cuerdas, hay que dar un rodeo como el anterior, así que si llevas una mochila pesada, tienes todos los ingredientes para estar purgando tu soberbia.

Pues bien, el domingo pasado era Corpus Christi (o su celebración dominical adaptada al calendario ateo-laboral, que para estas cosas más nos valdría seguir viviendo en la Edad Media) y me fui con unos compañeros de la facultad al Purgatorio. Estábamos purgando nuestros pecados después de la cascada guapa cuando, harto del camino, que lo tengo ya muy visto, decidí escalar unas roquillas con una de las amigas, que también sufre regresiones caprinas. Nos metimos en un canalillo que se dividía en dos, ella por un lado, yo por otro. Y el caso es que lo vi un poco húmedo, pero tiré para arriba: una mano en una pared, otra en la de enfrente, un pie a un lado, otro pie al otro, una mano, la otra, un pie... COÑO!!!! mi pie... COÑO, MIS BRAZOS!!! "Haciendo el Cristo en Corpus Christi", podría haberlo titulado, pero es que no llegó a eso, sin clavos en las muñecas es muy difícil. De nada han servido todos estos años haciendo gimnasia, flexiones y natación: cuando llega la hora de la verdad tus miembros se desencajan, tus hombros se salen de sus sitios y te vas a la mierda. Menos mal que no estaba muy alto. Literalmente vi las estrellas, esas lucecitas brillantes y semitransparentes que vemos cuando hacemos esfuerzos, por ejemplo... Bueno, lo cierto es que no sé si las vi debido al dolor o a dos pirulas que me enchufaron mis compis. Fueron momentos de tensión en los que no supe qué hacer, perdí la calma, no podía mover el brazo derecho y el izquierdo me dolía una barbaridad. Cuando me serené un poco me di cuenta de que el brazo se me había quedado en alto, el codo a la altura del hombro, como cuando te paran los pitufos o los picoletos; de ahí no lo podía bajar, evidentemente el hombro se había salido y ninguno de nosotros sabía como meterlo (ahora sí).

Ya más calmado y con cobertura llamé a mi fisio (milagros de la tecnología). Me dijo qué tenía que hacer para que entrase solo... Pero nada. Así que a urgencias. Claro que... Estábamos en el monte. Menos mal que me conozco la zona y sé que la carretera que baja de la Morcuera pasa muy cerca. Nos separamos de las chicas Felipe y yo, él me llevaría a Madrid. En la carretera no tuvimos ningún problema, los dos coches que pararon lo hicieron gritándoles desde bastante distancia. El primero iba ocupado por cinco latinoamericanos que al ser varios km. a Rascafría y no estar muriéndome decidimos dejar pasar. El segundo iba quemado por dentro y ocupado por una chica del Este y su proxeneta (según Felipe), así como por cientos de pelotas de tenis; el chaval, muy majo, nos llevó hasta el Paular, donde habíamos dejado la furgoneta. Yo con el brazo en alto.

Tras intentar conducir con el freno de mano echado, logramos salir a la carretera: Valle del Lozoya adelante, carretera de Burgos adetrás, y yo con mi brazo por fuera de la ventanilla siendo el blanco de todo tipo de insecto volante. “Felipe, no corras tanto que se me va el brazo pa’trás”.

Llegamos por fin a La Paz:

-- Mire, que se ma’quedao el brazo asín.

-- Coja este papel, entréguelo en la ventanilla y siéntese en la sala--, la típica sala atestada de accidentados gimiendo, despotricando contra la sanidad pública o contándose los accidentes (el actual, los pasados y los de sus allegados). Yo alternaba entre la primera y la tercera alternativa, con Felipe y con el que estaba al lado, que cambiaba cada cierto tiempo y tenía que volver a repetir la historia. Y a todo esto con el brazo en alto.

Al cabo de media hora me llaman:

--Pero, ¿es que no puedes bajar el brazo?

--No--. La doctora pone cara de lela.

--¿Y cuánto tiempo llevas así?

--Dos horas.

--A rayos.

Otra media hora. Me llaman. Me bajan a los sótanos (habéis de saber, nenes y nenas que las salas de rayos X están siempre en los sótanos, pues la masa de la Tierra curva el espacio-tiempo y hace que las radiaciones vayan hacia abajo, ¿vale?, así no se contaminan las embarazadas de arriba). Otro cuarto de hora. Me llaman. Paso directamente y me echan la bulla porque estaban todavía con la otra paciente. Total, si no la he visto ná, si ahora son tan potentes los rayos que atraviesan los vestidos y no has de desnudarte (la profesión de radiografista a debido perder con ello mucho encanto). Me llaman, entro.

--¿Y no puedes bajar el brazo? Pues a ver cómo te coloco.

--Tú verás--. Me coloca.

--¡No te muevas, no respires!--. Uuuuuhhhh, güiiiiii, guooooo, guaaaaa.

--Ahora del otro lado... ¡No te muevas, no respires!--. Uuuuuhhhh, güiiiiii, guooooo, guaaaaa.

--¡Muy bien, descansa!

--¿Y cómo lo hago, tío listo?

--Ja, ja.

Otro cuarto de hora. Nos llaman. Nos suben a la sala. Otra media hora. Aprovechamos para comer lo que llevaba al campo (ya serían las cinco de la tarde), aunque te recomiendan que no lo hagas, pero es por que a los médicos no les gusta mancharse con tu pota mientras te torturan. Me llaman:

--Hay que practicar una reducción--. (¿Una reducción? A ti te voy a reducir la cabeza como me hagas daño, guarra)

--¿Y en qué consiste una reducción, doctora?

--En colocarlo en su sitio (¿Y es que no puedes hablar en cristiano, petarda?)

En fin, me tumban en una cama, me coge del brazo estira de él... Y casi me saca de la cama, pero el brazo sigue como estaba.

--Pero relájate, no hagas fuerza.

--Pero, ¿usted cree que puedo hacer fuerza tal y como estoy? Si no siento ya el brazo.

--Con esos músculos no me extrañaría.

--¿Eso es una insinuación?

--Ya quisieras tú. Fulanitaaaaa!!!! Ayúdame aquí.

Me pasan una sábana por debajo, la pilla Fulanita, se prepara para estirar de ella mientras la otra estira del brazo: Una, dos y... tres!!! Yo casi fuera de la cama, fulanita tumbada en ella y la bruja:

--Así no se puede, no colaboras--. Yo callado, sufriendo (pues el retorno del brazo después de estirar jode), buscando formas de venganza.

--Pepitaaaa!!!

Viene Pepita, más joven y guapa que Fulanita, mayor y más fea que la doctora, aunque con más garbo, morbo y todo lo que termine en –rbo (?). Bueno, pues tras siete intentos, en el octavo se le ocurrió girar el brazo mientras estiraba: el hombro entró solo con un “griiiiissss, grasssss”, aunque gracias a la pericia de la doctora se volvió a salir. Pero ya percatada del asunto lo volvió a poner. Vuelve Fulanita y me quería cortar mi cutre-camiseta de abanderado para colocarme el cabestrillo.

--Ni hablar, jefa.

Me la quitó suavemente. Me colocaron un tinglao que parezco a Van Damm en “Soldado Universal” y... Más rayos. “Para ver si está en su sitio”. Otra hora entre que te llaman, te los hacen y te dan el alta. Ahhhh, La Paz, ese Purgatorio de los impacientes...

Al día siguiente fui al fisio para que mirara el otro hombro, el “bueno”, que también me duele. Salí de allí peor que entré, como el Eddie de los Maiden en “Piece of Mind”: me colocó unos largos esparadrapos en el hombro “bueno” para aumentar mi caracterización vandammica (solo me falta una riñonera en la cabeza y un reloj sobre el ojo izquierdo) y me citó para el martes que viene a ver si podía hacer algo con el hombro chungo.

Todo esto lo he escrito con la izquierda. ¿QUÉ PECADOS ESTARÉ PURGANDO? ¿POR CUÁNTO TIEMPO?

(Continúa en "Un poco de mano izquierda")

13 de marzo de 2007


Diario de montaña, 11-03-07: Las Machotas


Suena el despertador a las ocho menos cuarto, ayer dejé preparada la mochila, signo inequívoco de fracaso sabático, es decir, de no haber salido de marcha. Al menos estuve viendo "Instinto" (con Anthony Hopkins) en la tele, una peli con un cierto toque naturalista y ecologista, buena preparación del ánimo para salir al campo al día siguiente, aunque en realidad la película es una panorámica de los diferentes tipos de control y dominación que ejercen los hombres: sobre sus propias "mentes" y emociones, sobre sus semejantes, sobre la naturaleza... Y contraposiciones entre esos tipos de control y sus correspondientes "libertades" , espontaneidad, etc. Muy buena película, sí señor.

Salgo como siempre con la hora pegada al culo, aunque esta vez no hay manifestación ni carrera popular por Bravo Murillo, ni en Pza. Castilla. Llego, pues, a la hora en punto a este último lugar, en el cual he quedado con Janeth y Juan Carlos, miembros de Cespedosa, un grupo de senderismo creado en internet, escindido de Luz de Cruce por disensiones internas, aunque la verdad es que sus miembros pertenecen a los dos. Nos saludamos, nos presentamos y nos marchamos hacia Zarzalejo, lugar de salida de la ruta. Autopista de la Coruña hacia adelante hasta llegar al kilómetro 47, donde está el desvío hacia el Valle de los Caídos (por Dios, por España, por supuesto) y hacia El Escorial. A la entrada de San Lorenzo nos detuvimos para hacernos unas fotos dentro de la escultura de "Los fusilamientos del 3 de mayo", obra de Ángel Rodríguez y Mariano Blázquez que reproduce en chapa el cuadro de Goya, y más adelante también hicimos unas fotillos al pequeño monasterio que da nombre al pueblecillo. Subimos el puerto de la Cruz Verde siendo adelantados constantemente por los motoristas que allí se citan para desayunar, y tras unos cinco kms. de estrecha carretera, llegamos a Zarzalejo.

Allí estaban esperándonos Fernando (nuestro guía y lugarteniente) y Jose, los demás estaban en el bar tomándose el cafelito de rigor, aunque para Fernando el rigor sea salir a la hora en punto. Optamos por el café, además el bar de la plaza del pueblo es muy bonito, todo de madera, con dos alturas, vigas a la vista, etc., muy rural, como corresponde al entorno, un entorno lleno de grúas, motos, quads, amén de alguna que otra mansión. Al final Juan Carlos y yo nos tuvimos que tomar el café a la carrera.

Decidimos salir desde un parquecillo en el que se podían aparcar todos los coches juntos y para allá que fuimos, pero antes de salir un gran todoterreno se interpuso en mi camino. "Ya tenemos al pesao de turno", pensé; se bajó la ventanilla del copiloto y allí estaba Marta, la chica que conocimos la semana pasada, con la cual había hablado a las ocho de la mañana para contarle dónde íbamos. Pero con todo el trajín ya se me había olvidado, menos mal que llegaron a tiempo, ella y Lolo, un gallego muy majo que se dedica a proyectos de agricultura ecológica... O eso me pareció entender.

Y por fin, tras todas estas vicisitudes, logramos ponernos en marcha las 17 personas humanas que componíamos el equipo. Lo primero que tuvimos que hacer fue andar un kilómetro más o menos por la carretera en dirección al puerto de la Cruz Verde hasta llegar a una curva cerrada en la que se ve un camino forestal que sigue en línea recta la dirección que llevábamos; pasamos una portaleda para el ganado y empezamos la ascensión hacia la Machota Alta, 360 m. de desnivel en poco más de 2,5 km., lo que hace una pendiente media de, más o menos, un 14%, si bien es cierto que al principio era más suave que el tramo final. Unos subimos más rápido y otros más lento, pero todos llegamos arriba, desde donde se podía divisar El Escorial, toda la Sierra de Guadarrama, el embalse de Valmayor con sus veleros, etc.; también se veía, entre la bruma-contaminación, algo de Madrid-ciudad: las cuatro construcciones fálicas de la antigua Ciudad Deportiva. Bebimos agua... Que, por cierto, se me olvidó la cantimplora en la furgoneta... La que llevo colgada, la del oeste, sí. Menos mal que llevaba otra dentro de la mochila, pero es una lata tener que andar quitándote la mochila cada vez que quieres beber agua. Comimos algo y nos hicimos unas fotos en el Risco del Fraile, las típicas cuatro piedras tochas montadas unas encima de otras que solo sirven para que el más gilipollas del grupo escale hasta lo más alto poniendo en peligro su integridad física y la de los que se encuentran debajo, amén de que arruinaría el buen rollo de la excursión. En fin, que bajé como pude de las dichosas rocas y continuamos el camino hacia abajo, hacia el collado, y una vez allí seguimos por el GR hacia la Silla de Felipe II, aunque nos desviamos antes de llegar allí, para bajar hasta casi la Ermita de la Virgen de Gracia.

Era la hora de comer, lo cual siempre conlleva ciertas tensiones, pues la gente está cansada, tiene hambre, etc.; a algunos no les importa comer donde sea, pero otros son más exigentes, bien sea porque quieren comer como señores en una mesa, bien sea porque quieren un lugar blandito y despejado de ramas e insectos varios, bien sea porque quieren alejarse lo más posible de cualquier otro contacto humano ajeno al grupo. Evidentemente yo pertenezco a esta última subespecie, y Fernando también, y como Fernando era nuestro líder, hábilmente le convencí para llevarnos a los gatos a las piedras. Tras algunas reticencias nos aposentamos y empezamos a comer. Saqué mi hermosa tortilla (española, de patatas) con pimientos hecha por mi amiga Catherine (francesa) el viernes... ¿o quizá fue el jueves?, hecha junto a otras cinco tortillas, es decir, que por poder llevar, podía haber llevado otras dos más. Ofrecí tortilla a todo el mundo, pero declinaron mi invitación, ¿acaso olían el pimiento fermentado? En fin, que no pude comprobar si ese sabor acidillo era objetivo o producto de mi imaginación. En cambio sí que probaron de las guarrerías que les ofrecía Fernando: que si mini-napolitanas, que si té con ginseng... ¡Mariconadas! ¡Donde esté la tortilla de patatas con pimientos fermentados...! Luego resulta que la gente no come nada, tiene mucha hambre, pero sólo comen un bocadillín, salvo Nieves, que no dejaba de menear su quijada, lo último que comió fue una zanahoria... ¿Sabéis que las zanahorias son de los alimentos que más rápido se asimilan y más energía dan? Vamos, como el isostar pero en naranja.

La peña se echó la siesta; yo, en cambio, me hice un cigarrillo de liar y me puse a fumar. Me gusta echarme un cigarrito en el campo después de la comida: tras el masaje intestinal producido por la caminata y el calor generado por la actividad gastrointestinal, un cigarrillo tiene efectos inmediatos, así que me ausenté para hacer mi ofrenda a los dioses. Cuando volví todo el mundo estaba dispuesto y... Discutiendo. Loli no quería volver a subir hacia el collado, no se encontraba bien, prefería irse al Escorial y allí coger el tren. Nuestros ruegos fueron inútiles, pues es una mujer decidida, como debe ser: basta de gazmoñerías y ñoñeces, ¡aupa Loli!

Un poco más arriba se separaron Lolo (Loli... Lolo...) y Marta, ellos preferían bordear la Machota Baja antes que volver a subir al collado, el problema es que cuando ya cogíamos los vehículos, ellos todavía no habían llegado. ¡Marta! ¿Puedes dar señales de vida? Así que nuestro mermado grupo volvió a ascender esta vez con el estómago lleno y los ánimos más bajos que por la mañana. La idea inicial era subir hasta la Machota Baja, pero viendo el percal nos dividimos en dos grupos: los Machotes y los Mediomachotes (ya que habían subido a la M. Alta), los cuales nos esperarían en el collado, aunque luego decidieron aventurarse en solitario hasta el pueblo y descubrieron por qué se le llama Zarza-lejo. Mientras tanto los Machotes (los dos Joses, Jesús, Fernando y el que suscribe) llegábamos hasta la segunda cima del día, la cual es más espectacular por las rocas que tiene, aunque sea sesenta metros más baja que su hermana. Allí nos comimos unos chocolatillos que nos dio Jesús y volvimos sobre nuestros pasos.

A través de los walkis de Fernando nos comunicamos con el otro grupo, que se encontraba en plena lucha contra las zarzas. Les encontramos con los prismáticos y les dijimos por dónde habían de ir, pero como si nada, o eran muy cabezotas o los walkis de Fernando son una eme. Lo curioso es que Fernando se ofuscase porque Luisfe no le entendiera, cuando tampoco él entendía a Luisfe, todo era una sucesión de ruidos y palabras entrecortadas. Pero bueno, al final, a pesar de la diáspora sufrida, porque también hubo una pareja que se escindió de los Mediomachotes para volver a buscar un anillo a la fuente de Entrecabezas, al final, digo, todos nos encontramos en el pueblo, en el mismo bar de por la mañana, aunque ahora más atestado de gente y de humo... ¿Todos? No, una pareja compuesta por un irreductible gallego y una irreductible ¿madrileña? quizá anden perdidos todavía por los montes de Zarzalejo.

En fin, tras los besos y despedidas montamos en los vehículos y, al menos nosotros, nos tragamos el atasco-que-asco de la A-6, durante el cual no pudimos ponernos de acuerdo en la emisora a escuchar: ¿Bachata para Janeth? ¿Heavy Metal para mí? ¿Música medieval evocando festines y orgías en castillos para Juan Carlos? Y la pobre Ana sin decir nada en todo el camino.

Hasta la próxima amigos... Y no olviden supervitaminarse y mineralizarse.

P.D.: los datos técnicos de la ruta los encontraréis en http://es.groups.yahoo.com/group/CESPEDOSA/message/3395
y la dirección del grupo es, evidentemente:
http://es.groups.yahoo.com/group/CESPEDOSA




Zanjas profundas en tu mente
Zanjas profundas en tu mundo
Zanjas que nos separan
Zanjas que nos escinden
Zanjas en las que caemos
a veces sin poder salir