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4 de junio de 2008


Diario de montaña, 01-06-08: La Najarra

Me levanté como tantos otros domingos: con la cabeza abotargada de haberme pasado el día anterior... De haberme pasado un montón de horas delante del ordenador; la sensación es la misma que cuando te has pasado con el alcohol. El tiempo era el mismo que el de todo el mes: nublado. Llevaba cinco semanas sin salir al monte. Ponía como excusa la lluvia, o el trabajo que tenía que hacer (luego aunque me quedara en casa no lo hacía)... Pero tenía que salir o mi salud mental podría verse perjudicada... Sí, más de lo que ya está.

Así que desayuné, preparé la mochila y me tiré al monte. Bueno, antes que nada siempre se toma un café. Llegué a Miraflores con un tiempo que no auguraba una buena jornada. En mallas y con una camiseta abanderado de manga larga (semejante, pues, a un híbrido entre ciclista moderno y obrero de los años 20) me bajé de la furgoneta (estaba chispeando) y entré en la cafetería, la que está bajo el hostal de las cadenas colgantes. La gente me miraba como a un bicho raro, lo cual, al cabo de 25 años (tiempo que hace que despertó mi conciencia) ha dejado de sorprenderme. Al principio, cuando eres adolescente y te vistes para que te miren de esa forma, lograrlo es todo un signo de distinción. Cuando al cabo de los años intentas pasar desapercibido sin lograrlo la más tenue de las sensaciones es el estupor, ya que no entiendes cuál es tu diferencia: ¿soy calvo? ¿mi pantalón no deja asomar la raja del culo? ¿llevo una camisa de cuadros por dentro del pantalón? ¿llevo chupa de cuero? ... ¿o son todas esas diferencias juntas?

Me visto de traje para ir a las entrevistas de trabajo y entonces no hace falta que nadie me mire porque ya me basto yo mismo para sentirme extraño: ¿iré bien vestido? ¿la corbata lleva la altura adecuada para que no caiga dentro del urinario? ¿el corte de mi chaqueta es moderno? ¿se me ha vuelto a descolocar la hombrera derecha y parezco Cuasimodo? Afortunadamente durante este mes y medio que he estado trabajando sólo los primeros días he ido de este guisa, después, viendo el percal, he vuelto a vestir de sport, que dicen los modistos.

De todos modos, era normal que mi mirasen yendo en mallas y con la camiseta. Me tomé el café, pasé al baño y me reencontré con mi viejo amigo, el cartel de cartón. Vedlo:
Ah, esta gente tan imaginativa. Subí a la furgoneta de nuevo y enfilé camino de la Morcuera. La carretera, como cualquier otro domingo, llueva o haga sol, apriete el calor o haga frío, estaba plagada de ciclistas a los cuales iba adelantando con gran precaución. Ya cerca del puerto volví a ver a otro viejo amigo: el coche despeñado desde la carretera que, roñoso y oxidado por el paso del tiempo, debieron dejar ahí para aviso de conductores.

Sólo dos vehículos había aparcados en el puerto; el viento soplaba fuerte y arrastraba una fina llovizna; la temperatura era lo suficientemente baja como para que se me durmieran los dedos de las manos, así que me puse los guantes de invierno. Supongo que algo no funciona bien en mi circulación sanguínea, pero bueno, mientras que no se me empiece a helar la cabeza... Cada vez que me pasa esto me vienen a la cabeza las imágenes de Ollarzábal y Pasapán con sus dedos apuntados; esta vez, sin embargo, el proceso de asociaciones fue más allá, y me trajo a la cabeza a Iñaki Ochoa de Olza, muerto hace quince días en el Annapurna.

Me pertreché con todos los
innecesarios aparejos de que al cabo de los años me han ido dotando mis amiguetes y familiares: gafas de sol ultra-fashion, mapa topográfico, bastones de fibra de carbono y mango de corcho (que absorbe el sudor), GPS... Por cierto, no tengo funda para el mismo, fue todo un triunfo lograr acoplarlo en la cincha de la mochila, así que si alguien se quiere tirar el rollo... En fin, mucha tecnología para luego dar un traspiés y sacarte un hombro, clavarte la cantimplora de Clint Eastwood en las costillas o matarte contra una piedra de treinta centímetro cúbicos acabada, eso sí, en pico. Tras ello me puse la capa de agua que me agencié el verano pasado en Ponferrada, mientras hacía el Camino y eché a andar. Lo malo de las capas de agua es que te mojas igual, ya que empiezas a sudar y... por no hablar de la verdad aquella de "es más difícil que mear con capa", y es que cuando sopla el viento la susodicha no se libra del chorrillo.

Las nubes cubrían la cima de la Najarra, así que opté por seguir el camino que lleva por la ladera hasta la Cuerda Larga. Al cabo de 10 minutos ya me dolía el tendón de Aquiles derecho... Yo y mis achaques. Milagrosamente desapareció el dolor al cabo del rato.

Después de mes y pico sin subir al monte los olores y sonidos del campo te arrancan uns lágrimas de felicidad por un lado y de reproche por otro: "¿por qué habré sido tan gilipollas de no haber venido en todo este tiempo?". Respirar el olor de la tierra húmeda y escuchar cantar a los pájaros con el valle del Lozoya y Peñalara a la vista, el cielo cubierto de nubes y ni un alma por los alrededores, es una sensación que contrasta demasiado con los apelotonamientos en el metro todas las mañanas, con las colas de gente saliendo por las escaleras mecánicas, semejantes a las salchichas saliendo de la máquina embutidora (clásica imagen de Kooyanisqatsi)... Pensamos que hemos avanzado mucho desde el siglo XIX, pero en un centro empresarial los aprietateclas (chupatintas en tiempos pasados) de la sociedad de servicios en que nos hemos convertido entran y salen en masa sin necesidad del ruido de sirenas; nos hemos librado de accidentes laborales causados por martillos, sierras o soldaduras, para ser sustituidos por hernias discales provocadas por malas posturas frente al ordenador, vista cansada por permanecer frente al mismo mucho tiempo o estrés y depresión por no poder coger del cuello a nuestro jefe, o a ese cliente quisquilloso, y sublimar nuestra tensión en una ordalía sangrienta... Acabando en la cárcel, por supuesto, que el crimen hay que pagarlo, como diría Dostoievski... O los mismísimos Banzai, con Salvador tocando la guitarra.

Ehhhhhh, sí, estábamos en la montaña, ¿no? Plácida y solitariamente caminando... ¿"plácida"? No. La digresión anterior no es sino el traslado de una pequeña muestra de los pensamientos que se me van ocurriendo mientras camino. Es difícil lograr un momento de paz espiritual. Únicamente cuando logro reparar en alguna peculiaridad del campo, por lo demás literariamente muy manida, como lo de los olores, colores, formas y sonidos, durante un pequeño lapso de tiempo me embarga un sentimiento de felicidad que a veces logro retener durante unos minutillos. Después los pensamientos rutinarios vuelven a la carga: el trabajo, el amor, la falta de alguno... Así hasta que el cuerpo despierta. Despierta y dice: "otra vez me estás machacando, ¿no? Muy bien, pues adelante"; eso suele suceder en las subidas con mucha pendiente. O también puede ocurrir que camines por un lugar difícil, rocas, matorrales, entonces te sube la adrenalina, tus sentidos se agudizan y dejas de pensar en gilipolleces del mundo civilizado para regresar evolutivamente a la vida de las cavernas, a ser uno con la naturaleza, en lucha con la naturaleza, ya que la "armonía" con la misma es también un invento civilizado.

Llegué a la Cuerda Larga y al asomarme a la Hoya de San Blas una cabra salvaje me saludó con el típico chillido que avisa a sus compañeras del peligro. Las crías se encontraban unos metros más abajo. Me entretuve un rato mirando hacia Madrid, envuelta en la bruma, mirando las formaciones rocosas de la Pedriza, mirando las nubes que seguían envolviendo el pico. La cabra se confió y volvió a su punto de partida, una roca de la que arrancaba los líquenes. De cuando en cuando sus ojos amarillos se enfrentaban a mis anaranjadas gafas, a mis ojos de mosca, y un escalofrío me recorría la espalda. Es natural que los antiguos asociaran al Diablo con las cabras.

Me marché de allí soltando una carcajada al acordarme de Gigatrón: "yo soy el Macho Cabríiiiiio, soy mucho más macho y más cabrón que tú..."

Decidí bajar hacia la Hoya, recorriendo el camino inverso en el que hace tres meses me fisuré la costilla. Paré a comerme un trozo del ladrillo de chocolate que mi hermano suele traer de Asturias (es que mira que son bestias las gentes del Norte) y a echar una foto con mi nuevo "Nokia 6124 Classic, exclusivo para clientes Vodafone". Este fue el resultado:

Dos setitas encima de una de las de Abelardo. Bucólico, ¿no? La siguiente fue tomada casi al final de la jornada, pero la pongo aquí por semejanza temática: son las casitas de los gnomos basureros.
¡Ah, la escatología!

Continué andando y al poco rato llegué a este maravilloso manantial del que brota el agua con un chorro del calibre de un brazo (aunque en la foto no se aprecia):
El sendero descendía por la ladera haciendo zig-zag, hasta que en una de las curvas el ansia de aventura pudo conmigo y abandoné el camino. En realidad lo que hice fue coger un pequeño sendero que salía desde allí y que como cualquier otro pequeño sendero, en estos tiempos que corren posteriores al abandono rural, termina muriendo, o más bien ocultándose entre la maleza, cien metros más allá.

El abandono rural, sí. Es lo que ha convertido nuestras montañas en sitios solitarios donde ya no puedes charlar con ningún paisano, donde los senderos mueren por abandono, porque ya nadie pasa por ellos, salvo algún osado excursionista. La vida rural, tan bucólica vista desde nuestra perspectiva; tan dura y sacrificada en la realidad. Hace unas semanas veía un documental sobre Marinaleda, un pueblo sevillano, el más avanzado en política social de izquierdas (autoconstrucción de viviendas, ocupación de tierras, explotación comunal de las mismas, cooperativismo...), en el cual una de sus habitantes, cooperativista en la fábrica de envasados agrícolas, reflexionaba de la siguiente manera: "siendo nosotros la base de la vida, los productores de alimentos para los seres humanos, ¿por qué estamos tan abandonados? ¿por qué no se nos trata mejor?" Y es que trabajas un año cuidando el campo para que luego llegue un pedrisco y te estropee la cosecha, como acaba de ocurrir con las cerezas del Jerte (así que este año, a precio de oro). Así pues, ¿tenemos algo que reprochar a aquellos que abandonan el campo? Quizá sí, leeros "La lluvia amarilla", de Julio Llamazares.

Abandoné el camino, se terminó el sendero, caminé entre las hierbas, cuyas puntas penetraban el tejido de las mallas, hierbas que ocultaban rocas y hoyos con los que tropezaba. Llegué a un canchal, un río de piedras, una autopista comparado con la zona herbácea, y volvieron las hierbas. Entre medias me encontré con este inmenso acebo:
Es una lástima que no fuera nadie conmigo, al menos para que tuvierais una referencia de su tamaño. Por cierto, ¿veis las flores de las retamas? ¿las flores amarillas? Antes os he hablado de los colores del monte, pues imaginaos todas las laderas cubiertas de un manto amarillo. Además, resulta curioso (aunque científicamente explicable) que hayan florecido hasta una determinada altura, viendo cómo se recorta el manto con una línea horizontal. Curiosos, los piornos, ¿no? Mi hermano que es biólogo y sabe de estas cosas, dice que bajo ellos existe un microclima de cuatro grados por encima de la temperatura ambiente, así que ya sabéis si os quedáis un día tirados en el monte: bajo los piornos, cual ratillas.

Subí una loma y la vi. Vi una cascada y me dirigí hacia ella. A ratos parecía que seguía un sendero y, efectivamente, viendo el trazado del GPS sobre el mapa (ya en casa), iba siguiendo, aunque a ciegas, el sendero. No es fácil, pues, llegar hasta aquí:
La cascada tendrá unos tres metros de alto y acaba en una pequeña poza, ideal para el verano; el problema es que para entonces no sé el agua que podrá llevar. Para cruzar al otro lado del arroyo hay que hacer un poco el mono: agarrarse a una rama, estirar mucho las piernas, agarrarse a otra y tirar con fuerza, sin mirar abajo, donde te espera otra poza quizá no muy profunda. Y al otro lado se encuentra el comedor del lugar, entre las sombras de los pinos. Allí desplegué el mantel y las viandas del picnic (empanada, queso, nísperos...) y comí plácidamente escuchando el ruido ensordecedor del agua, una delicia comparado con el del tráfico madrileño. No hubo siesta, el tiempo no estaba muy apacible y ya serían las cuatro de la tarde.

Eché a andar otra vez, ahora sí, a este lado del arroyo, por un camino en toda regla, un bonito y horizontal camino por el que pasear tranquilamente, desde el que observar vistas como ésta de la Pedriza:

Y vistas no tan bonitas, pero no menos impresionantes: las cuatro torres de Pza. Castilla, símbolo falocrático del poder económico, bancos y constructoras. Atrás quedó la industria, más atrás la Iglesia, instituciones que un día tuvieron el poder en sus manos y levantaron monumentales edificios para dejar bien claro quién manda, para impresionar, para hacer ver que estaban más cerca de Dios... Siguen mandando, por supuesto, pero en la sombra. Y ya no sabemos qué es lo peor.

Miré entonces hacia lo alto, llevado por estos excelsos pensamientos, y vi despejado el pico de La Najarra. Decidí atacarlo. Y tras unas breves dudas consultando mapa y GPS, los cuales parecían contradecirse o, peor aún, contradecir mi sentido de la orientación, los guardé maldiciendo y "con rabia entre los dientes" y a golpe de bastón me puse a subir en línea recta, nada de sendero zigzagueante que, por lo demás, se perdía cada dos por tres. Y llegué al pico. Y besé el hito del Instituto Geográfico Nacional. Y burlé a las nubes. Y bajé casi corriendo de lo contento que estaba. Había recorrido 15 km.

Una vez en el coche llamé a mi amiga Azucena, que vive en Manzanares y me invitó a una sopa de Tetrabrik, a unas almendras, a reinstalarle el antivirus y a que leyera una crítica que había hecho a la película "Conversaciones con mi jardinero", en la que trabaja Daniel Auteil (el de "La chica del puente"). Aquí está el enlace al texto y más abajo la ruta que hice por GPS:
http://www.letraviva.es/diario/wp-trackback.php?p=48

Salud.


15 de junio de 2007


El Purgatorio







Iron Maiden - Purgatory



Pensaba en un viejo sueño
lugares que nunca vi
Fantasías vividas en otros tiempos.
Mi cerebro se derrite por el suelo


Mi mente volará sobre las nubes para siempre
no entiendo por qué
Mi cuerpo intenta abandonar mi alma
¿O soy yo? No lo sé
Renacen memorias del pasado
Y la sombra nublada del futuro
Algo aprieta mi cabeza
Seré guiado a través de la oscuridad


Otro tiempo, otro lugar

Otra sonrisa en otra cara
Cuando me ves flotando a tu lado
Sientes que todo mi amor te pertenece.


Por favor llévame lejos, llévame lejos, muy lejos de aquí.

(Purgatory, Iron Maiden)




Pues sí, uno suele pensar que las canciones de sus ídolos son profundas, mas no tanto que resulten incomprensibles, pero claro esto es lo que pasa cuando uno intenta traducir las letras: se produce el desvelamiento y lo que se descubre es otro velo más tupido, cuando no algo verdaderamente estúpido. Mejor quizá nos valdría no enterarnos de nada y quedarnos con el “Zinquinof aneichol drim, pleisisai jav nevasín”... Pensaba yo, al menos, que esta canción tendría algo que ver con el purgatorio dantesco, pero no. Bueno, de todos modos tampoco resulta tan complicada, suponemos que se trata de alguien que purga en sueños sus pecados y pretende redimirse a través del amor; estaría Steve Harris sensible en esta época, enamorado.

La Divina Comedia de Dante, en cambio, sí que resulta profunda, ya que entre otras cosas recoge toda la tradición cristiana acerca de los pecados capitales y su modo de castigarlos en el Infierno o limpiarlos en el Purgatorio. El Purgatorio dantesco consiste en una montaña que lleva al Cielo, pero para ascender por ella se ha de recorrer un sendero en zig-zag; tras cada curva del camino se accede a una plataforma en la que se purgan los pecados de aquellos que no han ofendido al Espíritu Santo, pues los que lo han hecho se quedan abajo, en el Infierno. En el primer rellano limpian sus pecados los soberbios y lo hacen bajo grandes piedras que han de acarrear con la cerviz baja como símbolo de la humildad que debieran haber mostrado en vida. En el segundo purgan los envidiosos con alambres que les cosen los ojos, pues es la vista el sentido que induce a este pecado deseando los bienes del prójimo. La ira se limpia en el tercero tras pasar un tiempo entre tinieblas, una densa nube de humo negro que simboliza la ceguera temporal en que nos encontramos cuando somos presos de nuestros arrebatos violentos. Tras el cuarto giro están los acidiosos (término culto latino para denominar a los perezosos) que purgan sus pecados echando carreras o yendo de allá para acá con prisas y sin detenerse nunca. En la quinta plataforma está la avaricia representada en forma de loba, en forma de ente devorador, pero no me queda claro cómo los avariciosos purgan aquí sus penas, si son devorados por la loba, si se convierten en ella; Dante fue poco preciso en este punto. Los golosos, en el sexto rellano de la montaña, padecen hambre y sed ante alimentos que no pueden tocar y, finalmente, tras el séptimo giro, purgan la lujuria aquellos que a ella se abandonaron en vida, y lo hacen en el fuego, como fuego es el deseo que incita a este pecado.

Pues bien, no es que yo sea un dechado de virtudes, probablemente tenga pecadillos de todas estas layas, lo que no sé es cuál de ellos estoy purgando ahora.

Existe un Purgatorio real, no imaginario, a casi 100 km. de Madrid; es uno de los sitios más bonitos de la Sierra, cerca de Rascafría. Lo cierto es que se trata de una zona imbuida de espiritualidad y/o mitología cristiana. Tenemos el Monasterio del Paular, donde viven siete monjes que te cantan Vísperas (¿o Completas? Perdonad mi ignorancia) los domingos por la tarde, a eso de las ocho. Justo enfrente está el Puente del Perdón, del s.XVI, sobre el río Lozoya, pero de nada me sirvió cruzarlo... Salvo que lo cruzara al revés, claro, entonces en vez de perdonarme se me condena. Un poco más arriba están las Presillas, una serie de tres piscinas naturales, o sea, dique artificial pero agua sin tratar, que baja directamente de La Morcuera y sus explotaciones vacunas en lo que se llama Arroyo del Aguilón; este sitio se pone hasta arriba de domingueros, pero está muy bien cuidado, con césped, chiringuito y aparcamiento vigilado, guías del ayuntamiento que vigilan el aparcamiento, no tu coche (por 4 o 5 euros). Es un buen sitio para darte un baño a la vuelta, a las siete de la tarde cuando ya no queda nadie, y quitarte toda la mugre del día.

Siguiendo el curso del Aguilón hacia arriba, a unos 5 km. llegaremos al Purgatorio. Se trata de una falla (cuya orogenia no tengo ganas de buscar ahora), lo cual, si habéis permanecido atent@s al relato de Dante, da razón de su nombre. Esta falla corre lateralmente al arroyo (o más bien viceversa) en una especie de cañón muy vistoso, con buitres y todo. Corre lateral... Hasta que se cruza y, entonces, el arroyo forma una cascada (o dos, más bien): “La Cascada del Purgatorio”, que es como oficialmente se conoce a este sitio. Llegaremos, pues, a una especie de plataforma de madera puesta allí por la oficina de turismo de Rascafría en colaboración con Protección Civil: Turismo la ha puesto para que contemplemos a gusto las maravillas de la naturaleza, Protección Civil para que creamos que hemos llegado al final, para que no sigamos buscando maravillas y terminemos partiéndonos la crisma, ya que aquí comienza el auténtico Purgatorio: la verdadera cascada está más allá; no se ve desde la plataforma; o das un rodeo con inclinaciones de 45º purgando tu pereza o purgas tu miedo y tu vértigo por las rocas; yo suelo optar por la segunda opción, salvo que alguien se ponga muy cabezón, lo que ocurre es que ese alguien también suele ser adicto a la pereza. Y llegamos, por fin, a la Cascada, que tendrá unos seis metros de altura, nos sentamos en una lancha a contemplarla durante un rato y nos preparamos para afrontar otro reto a la pereza, pues la falla no se puede salvar escalando, al menos sin cuerdas, hay que dar un rodeo como el anterior, así que si llevas una mochila pesada, tienes todos los ingredientes para estar purgando tu soberbia.

Pues bien, el domingo pasado era Corpus Christi (o su celebración dominical adaptada al calendario ateo-laboral, que para estas cosas más nos valdría seguir viviendo en la Edad Media) y me fui con unos compañeros de la facultad al Purgatorio. Estábamos purgando nuestros pecados después de la cascada guapa cuando, harto del camino, que lo tengo ya muy visto, decidí escalar unas roquillas con una de las amigas, que también sufre regresiones caprinas. Nos metimos en un canalillo que se dividía en dos, ella por un lado, yo por otro. Y el caso es que lo vi un poco húmedo, pero tiré para arriba: una mano en una pared, otra en la de enfrente, un pie a un lado, otro pie al otro, una mano, la otra, un pie... COÑO!!!! mi pie... COÑO, MIS BRAZOS!!! "Haciendo el Cristo en Corpus Christi", podría haberlo titulado, pero es que no llegó a eso, sin clavos en las muñecas es muy difícil. De nada han servido todos estos años haciendo gimnasia, flexiones y natación: cuando llega la hora de la verdad tus miembros se desencajan, tus hombros se salen de sus sitios y te vas a la mierda. Menos mal que no estaba muy alto. Literalmente vi las estrellas, esas lucecitas brillantes y semitransparentes que vemos cuando hacemos esfuerzos, por ejemplo... Bueno, lo cierto es que no sé si las vi debido al dolor o a dos pirulas que me enchufaron mis compis. Fueron momentos de tensión en los que no supe qué hacer, perdí la calma, no podía mover el brazo derecho y el izquierdo me dolía una barbaridad. Cuando me serené un poco me di cuenta de que el brazo se me había quedado en alto, el codo a la altura del hombro, como cuando te paran los pitufos o los picoletos; de ahí no lo podía bajar, evidentemente el hombro se había salido y ninguno de nosotros sabía como meterlo (ahora sí).

Ya más calmado y con cobertura llamé a mi fisio (milagros de la tecnología). Me dijo qué tenía que hacer para que entrase solo... Pero nada. Así que a urgencias. Claro que... Estábamos en el monte. Menos mal que me conozco la zona y sé que la carretera que baja de la Morcuera pasa muy cerca. Nos separamos de las chicas Felipe y yo, él me llevaría a Madrid. En la carretera no tuvimos ningún problema, los dos coches que pararon lo hicieron gritándoles desde bastante distancia. El primero iba ocupado por cinco latinoamericanos que al ser varios km. a Rascafría y no estar muriéndome decidimos dejar pasar. El segundo iba quemado por dentro y ocupado por una chica del Este y su proxeneta (según Felipe), así como por cientos de pelotas de tenis; el chaval, muy majo, nos llevó hasta el Paular, donde habíamos dejado la furgoneta. Yo con el brazo en alto.

Tras intentar conducir con el freno de mano echado, logramos salir a la carretera: Valle del Lozoya adelante, carretera de Burgos adetrás, y yo con mi brazo por fuera de la ventanilla siendo el blanco de todo tipo de insecto volante. “Felipe, no corras tanto que se me va el brazo pa’trás”.

Llegamos por fin a La Paz:

-- Mire, que se ma’quedao el brazo asín.

-- Coja este papel, entréguelo en la ventanilla y siéntese en la sala--, la típica sala atestada de accidentados gimiendo, despotricando contra la sanidad pública o contándose los accidentes (el actual, los pasados y los de sus allegados). Yo alternaba entre la primera y la tercera alternativa, con Felipe y con el que estaba al lado, que cambiaba cada cierto tiempo y tenía que volver a repetir la historia. Y a todo esto con el brazo en alto.

Al cabo de media hora me llaman:

--Pero, ¿es que no puedes bajar el brazo?

--No--. La doctora pone cara de lela.

--¿Y cuánto tiempo llevas así?

--Dos horas.

--A rayos.

Otra media hora. Me llaman. Me bajan a los sótanos (habéis de saber, nenes y nenas que las salas de rayos X están siempre en los sótanos, pues la masa de la Tierra curva el espacio-tiempo y hace que las radiaciones vayan hacia abajo, ¿vale?, así no se contaminan las embarazadas de arriba). Otro cuarto de hora. Me llaman. Paso directamente y me echan la bulla porque estaban todavía con la otra paciente. Total, si no la he visto ná, si ahora son tan potentes los rayos que atraviesan los vestidos y no has de desnudarte (la profesión de radiografista a debido perder con ello mucho encanto). Me llaman, entro.

--¿Y no puedes bajar el brazo? Pues a ver cómo te coloco.

--Tú verás--. Me coloca.

--¡No te muevas, no respires!--. Uuuuuhhhh, güiiiiii, guooooo, guaaaaa.

--Ahora del otro lado... ¡No te muevas, no respires!--. Uuuuuhhhh, güiiiiii, guooooo, guaaaaa.

--¡Muy bien, descansa!

--¿Y cómo lo hago, tío listo?

--Ja, ja.

Otro cuarto de hora. Nos llaman. Nos suben a la sala. Otra media hora. Aprovechamos para comer lo que llevaba al campo (ya serían las cinco de la tarde), aunque te recomiendan que no lo hagas, pero es por que a los médicos no les gusta mancharse con tu pota mientras te torturan. Me llaman:

--Hay que practicar una reducción--. (¿Una reducción? A ti te voy a reducir la cabeza como me hagas daño, guarra)

--¿Y en qué consiste una reducción, doctora?

--En colocarlo en su sitio (¿Y es que no puedes hablar en cristiano, petarda?)

En fin, me tumban en una cama, me coge del brazo estira de él... Y casi me saca de la cama, pero el brazo sigue como estaba.

--Pero relájate, no hagas fuerza.

--Pero, ¿usted cree que puedo hacer fuerza tal y como estoy? Si no siento ya el brazo.

--Con esos músculos no me extrañaría.

--¿Eso es una insinuación?

--Ya quisieras tú. Fulanitaaaaa!!!! Ayúdame aquí.

Me pasan una sábana por debajo, la pilla Fulanita, se prepara para estirar de ella mientras la otra estira del brazo: Una, dos y... tres!!! Yo casi fuera de la cama, fulanita tumbada en ella y la bruja:

--Así no se puede, no colaboras--. Yo callado, sufriendo (pues el retorno del brazo después de estirar jode), buscando formas de venganza.

--Pepitaaaa!!!

Viene Pepita, más joven y guapa que Fulanita, mayor y más fea que la doctora, aunque con más garbo, morbo y todo lo que termine en –rbo (?). Bueno, pues tras siete intentos, en el octavo se le ocurrió girar el brazo mientras estiraba: el hombro entró solo con un “griiiiissss, grasssss”, aunque gracias a la pericia de la doctora se volvió a salir. Pero ya percatada del asunto lo volvió a poner. Vuelve Fulanita y me quería cortar mi cutre-camiseta de abanderado para colocarme el cabestrillo.

--Ni hablar, jefa.

Me la quitó suavemente. Me colocaron un tinglao que parezco a Van Damm en “Soldado Universal” y... Más rayos. “Para ver si está en su sitio”. Otra hora entre que te llaman, te los hacen y te dan el alta. Ahhhh, La Paz, ese Purgatorio de los impacientes...

Al día siguiente fui al fisio para que mirara el otro hombro, el “bueno”, que también me duele. Salí de allí peor que entré, como el Eddie de los Maiden en “Piece of Mind”: me colocó unos largos esparadrapos en el hombro “bueno” para aumentar mi caracterización vandammica (solo me falta una riñonera en la cabeza y un reloj sobre el ojo izquierdo) y me citó para el martes que viene a ver si podía hacer algo con el hombro chungo.

Todo esto lo he escrito con la izquierda. ¿QUÉ PECADOS ESTARÉ PURGANDO? ¿POR CUÁNTO TIEMPO?

(Continúa en "Un poco de mano izquierda")

13 de marzo de 2007


Diario de montaña, 11-03-07: Las Machotas


Suena el despertador a las ocho menos cuarto, ayer dejé preparada la mochila, signo inequívoco de fracaso sabático, es decir, de no haber salido de marcha. Al menos estuve viendo "Instinto" (con Anthony Hopkins) en la tele, una peli con un cierto toque naturalista y ecologista, buena preparación del ánimo para salir al campo al día siguiente, aunque en realidad la película es una panorámica de los diferentes tipos de control y dominación que ejercen los hombres: sobre sus propias "mentes" y emociones, sobre sus semejantes, sobre la naturaleza... Y contraposiciones entre esos tipos de control y sus correspondientes "libertades" , espontaneidad, etc. Muy buena película, sí señor.

Salgo como siempre con la hora pegada al culo, aunque esta vez no hay manifestación ni carrera popular por Bravo Murillo, ni en Pza. Castilla. Llego, pues, a la hora en punto a este último lugar, en el cual he quedado con Janeth y Juan Carlos, miembros de Cespedosa, un grupo de senderismo creado en internet, escindido de Luz de Cruce por disensiones internas, aunque la verdad es que sus miembros pertenecen a los dos. Nos saludamos, nos presentamos y nos marchamos hacia Zarzalejo, lugar de salida de la ruta. Autopista de la Coruña hacia adelante hasta llegar al kilómetro 47, donde está el desvío hacia el Valle de los Caídos (por Dios, por España, por supuesto) y hacia El Escorial. A la entrada de San Lorenzo nos detuvimos para hacernos unas fotos dentro de la escultura de "Los fusilamientos del 3 de mayo", obra de Ángel Rodríguez y Mariano Blázquez que reproduce en chapa el cuadro de Goya, y más adelante también hicimos unas fotillos al pequeño monasterio que da nombre al pueblecillo. Subimos el puerto de la Cruz Verde siendo adelantados constantemente por los motoristas que allí se citan para desayunar, y tras unos cinco kms. de estrecha carretera, llegamos a Zarzalejo.

Allí estaban esperándonos Fernando (nuestro guía y lugarteniente) y Jose, los demás estaban en el bar tomándose el cafelito de rigor, aunque para Fernando el rigor sea salir a la hora en punto. Optamos por el café, además el bar de la plaza del pueblo es muy bonito, todo de madera, con dos alturas, vigas a la vista, etc., muy rural, como corresponde al entorno, un entorno lleno de grúas, motos, quads, amén de alguna que otra mansión. Al final Juan Carlos y yo nos tuvimos que tomar el café a la carrera.

Decidimos salir desde un parquecillo en el que se podían aparcar todos los coches juntos y para allá que fuimos, pero antes de salir un gran todoterreno se interpuso en mi camino. "Ya tenemos al pesao de turno", pensé; se bajó la ventanilla del copiloto y allí estaba Marta, la chica que conocimos la semana pasada, con la cual había hablado a las ocho de la mañana para contarle dónde íbamos. Pero con todo el trajín ya se me había olvidado, menos mal que llegaron a tiempo, ella y Lolo, un gallego muy majo que se dedica a proyectos de agricultura ecológica... O eso me pareció entender.

Y por fin, tras todas estas vicisitudes, logramos ponernos en marcha las 17 personas humanas que componíamos el equipo. Lo primero que tuvimos que hacer fue andar un kilómetro más o menos por la carretera en dirección al puerto de la Cruz Verde hasta llegar a una curva cerrada en la que se ve un camino forestal que sigue en línea recta la dirección que llevábamos; pasamos una portaleda para el ganado y empezamos la ascensión hacia la Machota Alta, 360 m. de desnivel en poco más de 2,5 km., lo que hace una pendiente media de, más o menos, un 14%, si bien es cierto que al principio era más suave que el tramo final. Unos subimos más rápido y otros más lento, pero todos llegamos arriba, desde donde se podía divisar El Escorial, toda la Sierra de Guadarrama, el embalse de Valmayor con sus veleros, etc.; también se veía, entre la bruma-contaminación, algo de Madrid-ciudad: las cuatro construcciones fálicas de la antigua Ciudad Deportiva. Bebimos agua... Que, por cierto, se me olvidó la cantimplora en la furgoneta... La que llevo colgada, la del oeste, sí. Menos mal que llevaba otra dentro de la mochila, pero es una lata tener que andar quitándote la mochila cada vez que quieres beber agua. Comimos algo y nos hicimos unas fotos en el Risco del Fraile, las típicas cuatro piedras tochas montadas unas encima de otras que solo sirven para que el más gilipollas del grupo escale hasta lo más alto poniendo en peligro su integridad física y la de los que se encuentran debajo, amén de que arruinaría el buen rollo de la excursión. En fin, que bajé como pude de las dichosas rocas y continuamos el camino hacia abajo, hacia el collado, y una vez allí seguimos por el GR hacia la Silla de Felipe II, aunque nos desviamos antes de llegar allí, para bajar hasta casi la Ermita de la Virgen de Gracia.

Era la hora de comer, lo cual siempre conlleva ciertas tensiones, pues la gente está cansada, tiene hambre, etc.; a algunos no les importa comer donde sea, pero otros son más exigentes, bien sea porque quieren comer como señores en una mesa, bien sea porque quieren un lugar blandito y despejado de ramas e insectos varios, bien sea porque quieren alejarse lo más posible de cualquier otro contacto humano ajeno al grupo. Evidentemente yo pertenezco a esta última subespecie, y Fernando también, y como Fernando era nuestro líder, hábilmente le convencí para llevarnos a los gatos a las piedras. Tras algunas reticencias nos aposentamos y empezamos a comer. Saqué mi hermosa tortilla (española, de patatas) con pimientos hecha por mi amiga Catherine (francesa) el viernes... ¿o quizá fue el jueves?, hecha junto a otras cinco tortillas, es decir, que por poder llevar, podía haber llevado otras dos más. Ofrecí tortilla a todo el mundo, pero declinaron mi invitación, ¿acaso olían el pimiento fermentado? En fin, que no pude comprobar si ese sabor acidillo era objetivo o producto de mi imaginación. En cambio sí que probaron de las guarrerías que les ofrecía Fernando: que si mini-napolitanas, que si té con ginseng... ¡Mariconadas! ¡Donde esté la tortilla de patatas con pimientos fermentados...! Luego resulta que la gente no come nada, tiene mucha hambre, pero sólo comen un bocadillín, salvo Nieves, que no dejaba de menear su quijada, lo último que comió fue una zanahoria... ¿Sabéis que las zanahorias son de los alimentos que más rápido se asimilan y más energía dan? Vamos, como el isostar pero en naranja.

La peña se echó la siesta; yo, en cambio, me hice un cigarrillo de liar y me puse a fumar. Me gusta echarme un cigarrito en el campo después de la comida: tras el masaje intestinal producido por la caminata y el calor generado por la actividad gastrointestinal, un cigarrillo tiene efectos inmediatos, así que me ausenté para hacer mi ofrenda a los dioses. Cuando volví todo el mundo estaba dispuesto y... Discutiendo. Loli no quería volver a subir hacia el collado, no se encontraba bien, prefería irse al Escorial y allí coger el tren. Nuestros ruegos fueron inútiles, pues es una mujer decidida, como debe ser: basta de gazmoñerías y ñoñeces, ¡aupa Loli!

Un poco más arriba se separaron Lolo (Loli... Lolo...) y Marta, ellos preferían bordear la Machota Baja antes que volver a subir al collado, el problema es que cuando ya cogíamos los vehículos, ellos todavía no habían llegado. ¡Marta! ¿Puedes dar señales de vida? Así que nuestro mermado grupo volvió a ascender esta vez con el estómago lleno y los ánimos más bajos que por la mañana. La idea inicial era subir hasta la Machota Baja, pero viendo el percal nos dividimos en dos grupos: los Machotes y los Mediomachotes (ya que habían subido a la M. Alta), los cuales nos esperarían en el collado, aunque luego decidieron aventurarse en solitario hasta el pueblo y descubrieron por qué se le llama Zarza-lejo. Mientras tanto los Machotes (los dos Joses, Jesús, Fernando y el que suscribe) llegábamos hasta la segunda cima del día, la cual es más espectacular por las rocas que tiene, aunque sea sesenta metros más baja que su hermana. Allí nos comimos unos chocolatillos que nos dio Jesús y volvimos sobre nuestros pasos.

A través de los walkis de Fernando nos comunicamos con el otro grupo, que se encontraba en plena lucha contra las zarzas. Les encontramos con los prismáticos y les dijimos por dónde habían de ir, pero como si nada, o eran muy cabezotas o los walkis de Fernando son una eme. Lo curioso es que Fernando se ofuscase porque Luisfe no le entendiera, cuando tampoco él entendía a Luisfe, todo era una sucesión de ruidos y palabras entrecortadas. Pero bueno, al final, a pesar de la diáspora sufrida, porque también hubo una pareja que se escindió de los Mediomachotes para volver a buscar un anillo a la fuente de Entrecabezas, al final, digo, todos nos encontramos en el pueblo, en el mismo bar de por la mañana, aunque ahora más atestado de gente y de humo... ¿Todos? No, una pareja compuesta por un irreductible gallego y una irreductible ¿madrileña? quizá anden perdidos todavía por los montes de Zarzalejo.

En fin, tras los besos y despedidas montamos en los vehículos y, al menos nosotros, nos tragamos el atasco-que-asco de la A-6, durante el cual no pudimos ponernos de acuerdo en la emisora a escuchar: ¿Bachata para Janeth? ¿Heavy Metal para mí? ¿Música medieval evocando festines y orgías en castillos para Juan Carlos? Y la pobre Ana sin decir nada en todo el camino.

Hasta la próxima amigos... Y no olviden supervitaminarse y mineralizarse.

P.D.: los datos técnicos de la ruta los encontraréis en http://es.groups.yahoo.com/group/CESPEDOSA/message/3395
y la dirección del grupo es, evidentemente:
http://es.groups.yahoo.com/group/CESPEDOSA

8 de marzo de 2007


Diario de Montaña, 4-03-2007: Cuerda de los Porrones

Me levanté yo el domingo de buen talante, democrático, diríamos: las ocho de la mañana, una hora para desayunar, pues había dejado preparada la mochila desde la tarde del sábado, incluso el agua de la cantimplora, aunque no fuera muy ortodoxo... Por supuesto que la comida también, no había nada que necesitase refrigeración.

Mas una hora es poco tiempo para mí y, al final, salí con ella pegada (con la hora). Subí como un rayo en el flamante automóvil de mi padre, arranqué como un segundo rayo de la ira de Zeus, sin recordar que el mando de la puerta del patio anda sin pilas y no sabes si rogarle con buenas palabras que abra la dichosa puerta o golpearle vilmente contra el salpicadero (como hace Van Damm con sus raptores); tuve que bajarme del coche, acercarme a la caja receptora de la puerta y darle al botoncito hasta que tuvo a bien abrirse y dejarme en libertad.

Subí la calle Marqués de Viana cual Carlos Sainz en el rally de la M-30 solo para, al llegar arriba, detenerme tras una fila de diez coches encabezada por un coche patrulla cruzado en medio: algún sarao tenía que haber en Bravo Murillo, fiesta o manifa, o ambas cosas, o alguna carrera, no sé, ya que últimamente no veo la tele, no escucho la radio, no leo periódicos, soy una mónada sin ventanas al mundo de las mentiras.

Vuelta para abajo. Subida algo más al norte por Capitán Blanco Argibay, para darme cuenta de que la cosa llegaba a Valdeacederas, otra patrulla que impedía el paso. Desvío por la Ventilla, ahora el paso me lo impedía el rastro de Tetuán, instalado no hace mucho en la Avenida de Asturias. Otra vez para abajo, mi buen talante me estaba abandonando, como el desodorante con el ejercicio.

Mi objetivo era llegar a Pza. Castilla, donde había quedado a las 9:15. Mis prisas eran infundadas, pues la gente siempre llega tarde, pero es algo que no puedo remediar. Ya en el corazón de la Ventilla mi tortura fueron las obras, obras por todos los lados que impedían el acceso a otros lados, por un momento pensé que aquello no tenía salida, hasta que milagrosamente encontré un acceso al lateral de la Castellana, pero la movida llegaba hasta allí y no pude llegar a la plaza, así que tiré de móvil: “¿Miguel Ángel?... Ah, que estáis todavía por Colón; bueno, pues, no paséis por Pza Castilla, que está cortada... ¿Que dónde quedamos? No sé... En Miraflores, venga. Hala, un beso...”

Ya más tranquilo, arranqué nuevamente, enfilé la carretera de Colmenar y, cosa extraña en mí, no pasé de 90 km/h en casi todo el trayecto. Sin embargo, a medida que me iba acercando a la sierra, observaba que era justo en Miraflores el único sitio donde había nubes. Hacía un día espléndido como para andar por el campo entre nieblas sin necesidad: cambio de planes.

Si existe un gran avance en la civilización este es el invento del móvil... El segundo es internet. Son grandes avances, para bien y para mal; en estos casos de tecnologías de la comunicación el mal siempre llega en forma de marrones ajenos que te salpican a través de las ondas electromagnéticas, de manera que el buen uso de dichas tecnologías consiste en que, cuando intuyas el mal o simplemente captes el clima gris de la ausencia del bien, lo apagues: apaga el móvil, no mires el correo. ¿Y si hay una emergencia? ¿un familiar enfermo? Nada hay que no pueda esperar al día siguiente. Nada hay que me moleste más que se pongan a hablar por el móvil ante mis narices. Yo, cuando llega la gente con la que he quedado, lo apago. Pero mientras tanto has de sufrir el abuso de los retrasados, que no lo son tanto para, viendo que llegan tarde, llamarte y decirte lo que están viendo, cuando tu llevas ya un cuarto de hora esperando. Pero, bueno, hay ocasiones en las que resulta útil, como la del domingo: llamé y cambiamos el lugar de quedada, ahora sería en Manzanares, en alguna cafetería de la plaza del pueblo.

Lo que más impresiona al llegar a este pueblo, al margen del tiempo que lleva en obras, en primer lugar es el castillo, pero en segundo lugar son las cigüeñas y sus nidos en el campanario de la iglesia: apiñadas estaban. Fue bajar del coche, escuchar su castañeteo nupcial y, tras comprender que el ruido no procedía de las obras, sentir la segunda punzada de la primavera, esa especie de subidón que te entra entre el estómago y el pecho (el primero fue hace unos días con el olor de la mimosa).

En fin, al final tuve que tomarme el café yo solo, pues la cafetería de la plaza posee los cristales tintados, cual coche tuneado de macarra de pueblo, y parecía estar cerrada, de modo que me fui a otro bar. Haciendo uso por tercera vez del móvil (para que veáis lo absurdo de una hora de boicot a las compañías telefónicas) logramos encontrarnos. Fui a la cafetería, que, por supuesto estaba a la vuelta de la esquina.

Allí se encontraban Cristina, Estela, Azucena, Felipe y Miguel Ángel. Lo primero que hicieron fue reírse de mis mallas negras, lo segundo piropear los músculos de mis piernas; ningún comentario sobre mi paquete, aunque conociéndoles, mejor así. Lo que no he llegado a comprender es cómo pudieron llegar antes o al poco tiempo que yo habiendo realizado la ruta automovilística que realizaron. Al yo avisarles del corte de Pza Castilla tiraron hacia la M30 este, salieron por la carretera de Burgos (A1 para los modernos), al parecer se desviaron por la M40, incomprensiblemente pasaron sobre la carretera de Colmenar, es decir, la cruzaron por encima, llegaron a la de La Coruña ("A Coruña" para las personas sensibles con las "especificidades culturales", A6 para los modernos), por ella hasta Villalba y desde allí hasta Manzanares. Es decir, hicieron una especie de zeta, pero debió ser a mucha velocidad, si no, no me lo explico.


Tras tomarse los cafés procedieron a comprar la comida, con el consecuente retraso en el comienzo de la expedición, lo cual nos dio tiempo a los enteraos de la montaña a preparar someramente la ruta por la que circularíamos, que no fuera ni muy blanda ni muy dura, que no nos perdiéramos (cosa prácticamente imposible en la Pedriza, uno siempre se pierde). Intentaríamos llegar en coche hasta el Collado de Quebrantaherraduras (intento ilusorio, pues a las 11 de la mañana no hay Cristo motorizado que cruce la barrera, pues todos los motores que cabían ya están dentro) y, si no, salir directamente desde la barrera de entrada, lo cual, evidentemente, hubimos de hacer. Tras algunos malentendidos sobre cómo quedar para llegar hasta allí, ya que íbamos en vehículos diferentes, malentendidos y esperas que terminaron por minar mi buen talante de domingo, llegamos al aparcamiento, nos pertrechamos y comenzamos a andar por el GR10, dirección El Boalo.

Como a 1 km. de distancia se abre una barrera en la valla que delimita la Pedriza, la cruzamos y nos dirigimos hacia la pista forestal (una antigua carretera). Tan contentos estábamos (ya se me había pasado el mal rollo), que comenzamos a cantar canciones... Canciones subversivas para los tiempos que corren: "Señor, me has mirado a los ojos..." y "Alabaré, alabaré". Debió ser el arrobamiento producido por la incipiente primavera, con sus flores, su agua, su solecito... Parecía que Dios nos había tocado con su gracia. El camino no era muy empinado, desechamos las posibles rutas alternativas que, seguramente nos hubieran llevado a algún lugar sin salida o de salida dudosa, lo cual pone de muy mal humor a los guiados que todavía no han captado el concepto de lo que es salir al campo a hacer senderismo. Dicho concepto en realidad es una especie de sucedáneo de la aventura, uno no sale a la Pedriza a dar un paseo, para eso se queda en la Dehesa de la Villa; uno va allí a ver piedras y a subir por ellas, a sudar, a enzarzarse y a defecarse en... Pero este domingo estaba yo de buen humor y no quise crear un conflicto tan pronto por la mañana, porque bien es sabido que el conflicto surge aunque uno no quiera: de repente las cosas se lían, alguien se cansa, quiere volverse, etc., es inevitable. El senderista, como el practicante de cualquier otro deporte posee ciertas características masoquistas (en el guía de senderismo son sadomasoquistas), o debe poseerlas. La semana anterior, por ejemplo, subimos a la Maliciosa con una ventisca de mil demonios, mojados hasta los huesos, sufrimos un poco sí, pero eso forma parte del encanto... Claro que el encanto desaparece cuando los dedos dejan de dolerte por el frío para pasar a dormirse; en esos momentos ya no se piensa en la meta, sino en conservar los dedos, por lo tanto se da media vuelta y se vuelve uno para abajo (debe ser que la circulación de la sangre por mis extremidades no anda muy bien).

Así que entre sesudas charlas, como corresponde a antiguos y peripatéticos compañeros de Filosofía que caminan por suaves pendientes, continuamos por la pista hasta llegar al PR16, el camino que sube desde Quebrantaherraduras. Respecto de los topónimos pedriceros en algún momento surgió el comentario de por qué siempre teníamos que ir por lugares cuyos nombres ya de por sí te ponen sobre aviso de lo difícil que será caminar por ellos o sortearlos, ¿no se podría ir por sitios como "la senda de los algodones" o algo parecido?, aunque la Cuerda de los Porrones no debía ser difícil si por ella pueden caminar los borrachos...

Allí había una fuente que nos permitió cambiar las aguas (en todos los sentidos) y darnos un descansito mientras ingeríamos alimentos con alto poder energético, ya sabéis, pasas, almendras, chocolate, molinillo, corre, corre, cigarrillo... Y nos preparábamos mentalmente para subir una cuesta verdaderamente empinada, cuya visión por parte de mis acólitos fue el origen del descanso.

Ya nos disponíamos a emprender la marcha por dicha cuesta cuando fuimos interpeladas por dos huerfanitas de más o menos nuestra edad:

-Estoooo, vosotros que parecéis enteraos, ¿sabéis si vamos bien por aquí hacia el refugio?- dijeron mientras me enseñaban la guarrería de mapa-folleto que te dan en el Centro de Interpretación de la entrada a la Pedriza.
-Pues no, vais totalmente equivocadas y, en tal caso, lo mejor es que no os salgáis de la pista hasta llegar a Cantocochino.

Y es que no me extraña que la gente se pierda en la Pedriza, con los folletos que dan es de todo punto normal. Tristes y cabizbajas, las dos muchachas se quedaron sentadas al lado de la fuente, ya no podrían ver el Tolmo, ni el refugio... Sin embargo, nuestro corazón, ablandado ya por la primavera, por las canciones elevadas al Señor hacía poco menos de una hora, se apiadó de ellas y decidimos acogerlas en nuestro seno:

-Otra posibilidad es que nos acompañéis hasta arriba, donde hay unas vistas preciosas; luego bajaremos por la cuerda, nos desviaremos hacia la Ermita de San Isidro (decididamente fue una marcha espiritual totalmente volcada hacia nuestro Creador) y volveremos por el GR hasta los vehículos, más o menos hasta las seis de la tarde-
-Es que nosotras no estamos muy preparadas
-¿Y os creéis que las petardas que nos acompañan sí? No os preocupéis que no os dejaremos colgadas-. Deliberación entre ellas... Tic, tac... tic, tac...
-Vale.
-Pues vamos.

Y emprendimos la subida, hablando de esto y de lo otro, del campo y de los olores (es que estaba leyendo "El Perfume" y me encuentro sensibilizado con el tema; también hablamos del libro). Pero no fue hasta casi arriba del todo, cuando estuvimos todos juntos, que nos presentamos: Marta y Bea, se llamaban... Bueno, y se llamarán si no les ha pasado nada desde el domingo hasta ahora. Por entonces ya se estaba echando encima la hora de comer, pero no podíamos hacerlo hasta que no llegásemos a la divisoria de los Porrones, para continuar cuesta abajo después de comer, o eso creíamos. Sin embargo, mis seguidores empezaban a inquietarse, sus estómagos parecían rebelarse. En realidad mi intención era llegar hasta la Maliciosa Baja, pero por muy baja que estuviera todavía quedaba lejos y el tiempo tampoco nos sobraba, sobre todo teniendo en cuenta que deberíamos estar en el aparcamiento a las seis, así se lo había prometido a nuestras dos nuevas amigas y así me lo había prometido a mi mismo, ya que después tenía una cita... Pero ya se sabe que las promesas se hacen para incumplirlas.

Llegamos por fin a la cuerda entre protestas y nos asentamos en el mejor lugar que pudimos al abrigo del viento del sur que soplaba con fuerza. Compartimos la comida, la bebida, los cigarritos... No, los fluidos no. Nos sacamos fotos... ¡Estela, pásalas! Y algunos pudimos dejar nuestra ofrenda a los dioses en altares improvisados... y escondidos. Charlamos sobre nuestras vidas y descubrimos que era normal que entraramos en contacto con nuestras nuevas amigas: resultaban tan raras como nosotros (cuatro compañeros de Filosofía conocidos desde hace 14 años más dos advenedizas). Milagrosamente a nadie le dio por apelar a la justa y sana costumbre de la siesta, lo cual nos hubiera retrasado en demasía. Nos apretamos las botas y continuamos andando.

Pero, ya os lo he adelantado, de bajada, poca: el camino era llano y con bastante subidas a los porrones, es decir, a los picachos de granito. No obstante la marcha por esos andurriales merece la pena; las vistas a ambos lados de la cuerda produce una sensación especial: Madrid a nuestra derecha, la Pedriza y la Cuerda Larga a nuestra izquierda; las rocas graníticas, sin llegar a las formas más caprichosas de la Pedriza Central, también son espectaculares, el sendero accidentado con rocas, árboles y en algunos lugares sin marcas que indiquen su continuación. Afortunadamente ya me lo conocía y más o menos sabía continuar, pero eso no convencía a Azucena, la cual se me rebeló, igual que cada vez que salimos, igual que cada vez que intento arreglarle el ordenador... No confía en mí; bien es cierto que, tal y como me decía Bea (la nueva), no me sé vender, no inspiro confianza, he de mostrar más seguridad. Pero, bueno, encontré las marcas y pasó la crisis.

Por fin llegamos a la Cruz del Mirlo, lugar desde donde se desciende con una empinada pendiente hasta casi el tejado de la Ermita de San Isidro. La perspectiva de caer sobre ella cual ángeles, sumada a las laceraciones que sobre nuestros cuerpos nos infligían las zarzas, espinos y matorrales varios, así como la pendiente que castigaba rodillas y dedos cuyas botas no eran lo suficientemente holgadas, nos hizo volver a cantar alabanzas al Señor. Nuestras amigas no daban crédito a sus oídos, de modo que tuvimos que confesar que pertenecíamos a la SFO (Sección Friky del Opus), lo cual les dejó más tranquilas. Así que tras alguna caída que otra, enganchones, arañazos, vueltas atrás para recuperar la senda y alguna otra vicisitud, acompañadas todas de subidones de adrenalina, llegamos a la ermita. Mas como el tiempo apremiaba no dejamos ninguna ofrenda, ni siquiera una mísera persignación.

Enfilamos, pues, GR10 hacia delante, llevados de mil demonios, no solo por las prisas, que al parecer yo era el único que las tenía, sino por los dichosos quads y todoterrenos que rugían y empolvaban los alrededores molestando a los transeúntes vespertinos, amén de un furgón que nos "deleitaba" con música latina (bachata, salsa o cualquier otra cosa parecida, que de eso yo no entiendo), pero no era momento para bailes cebolleteros.

Llegamos por fin al aparcamiento sobre las siete y cuarto, me despedí de nuestras amigas (las cuales incomprensiblemente prometieron volver con nosotros), me despedí de los compañeros, hice un estriptis para cambiarme de ropa y marché hacia Tres Cantos, donde había quedado a las siete de la tarde; bueno, un pequeño fallo en el cálculo horario.

Hasta el domingo que viene.




Zanjas profundas en tu mente
Zanjas profundas en tu mundo
Zanjas que nos separan
Zanjas que nos escinden
Zanjas en las que caemos
a veces sin poder salir